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miércoles, agosto 12, 2020

Medicina alternativa en Cuba: Baños de hojas de guayaba dos veces al día.


Pero hablemos del pueblo, sí de ese formado por individuos que siempre o casi siempre se mantienen al margen de decisiones que pueden afectarles. Decimos y reiteramos que los cubanos (como cualquier otro grupo poblacional), como consumidores, - en el mejor sentido de la palabra-, deben de disponer de información e instrumentos que le permitan acceder a tratamientos adecuados.
Las decisiones sobre la atención de la Salud son importantes; y las decisiones sobre la utilización o no de la Medicina Tradicional no lo son menos. Conviene que tengamos presente definiciones generalmente usadas en relación con esto. (Medicina Alternativa: Las decisiones en manos de los pacientes)
 ¿Y la potencia médica? A falta de medicamentos, Médicos en Cuba recetan a pacientes con sarna, hojas de guayaba (+Foto)
En Cuba da igual acudir a un médico naturista que, a un brujo, hierbero o médico especialista, al final la receta puede terminar siendo la misma sea cual sea la enfermedad que se padezca, porque la realidad es que las farmacias carecen de medicinas
Por: Eleana Sánchez
La imagen de «potencia médica» que pretende promover el régimen cubano, cada día se ve más rayada. Según denuncian en las redes sociales, los médicos en Cuba a falta de insumos recetan hojas de guayaba a pacientes con sarna.

Da vergüenza ver como en un hospital de Santiago de Cuba, médicos especialistas se alejan cada vez más de la ciencia para apegarse a los guarapos caseros, aupados tal vez por la escasez de medicamentos que vive la isla, o simplemente porque la preparación académica que tanto presume el régimen sobre sus médicos es puro cuento y la calidad de los galenos es real solo en los titulares de la prensa oficialista.
En una receta médica que llegó a las redes de Cubanos por el Mundo, se observa como supuestamente un «dermatólogo» que labora para un recinto hospitalario del Ministerio de Salud Pública de Cuba, MINSAP, le coloca a un paciente con sarna, «baños de hojas de guayaba». El método entregado al enfermo dermatológico cuenta con la firma del médico y el respectivo sello de la institución pública, sin embargo, no se ha confirmado la veracidad del mismo.
Lo cumbre de la situación, además del hecho de ver cómo supuestamente un médico “especialista” en dermatología, coloca baños de hojas de guayaba en una patología de la piel, es también leer al final de la receta que: «Los Servicios de Salud en Cuba son gratuitos, pero CUESTAN».
Los servicios de salud en la potencia médica, al parecer cuestan lo que cuesta sembrar una mata de cualquier fruta que se les pase por la cabeza. En Cuba da igual acudir a un médico naturista que a un brujo, hierbero o médico especialista, al final la receta puede terminar siendo la misma sea cual sea la enfermedad que se padezca, porque la realidad es que las farmacias carecen de medicinas y a los «profesionales» de la salud no les queda más que resolver con lo que haya.
Y mientras los médicos dentro de Cuba recetan a los pacientes con hojas de guayaba, el régimen exporta a sus «profesionales» para que vayan por el mundo salvando vidas, o más bien salvándole el bolsillo al castrismo.

jueves, marzo 09, 2017

Médico en el campamento cañero de Las 44

Por: Dr. Eloy A González.
Dónde fue a parar la magia de los muñecones. Dónde fueron a parar tantas canciones. Dónde las navajas y las bengalas estallando. Y Tata Güines y El Perico está llorando. Carnavales, Frank Delgado
La Zafra de los 10 millones, ya fracasada, continuaba aun cuando el  estratega mayor de aquella contienda había anunciado que sencillamente los 10 millones ya no iban. Había pasado unos 20 días y el regreso a La Habana parecía remoto.
Me albergaron en el campamento sede del Contingente Lenin, esto cerca del poblado del Yaguabo. Era un campamento muy grande que disponía de todos los recursos y donde estaba el  Puesto de Mando y en estos “puestos de mando” no faltaba nada. Aquí vas a estar hasta que te ubiquen  me dijeron. Los  colegas que estaban allí se mostraban recelosos considerando que su posición estaba en peligro…, nada de esto; al día siguiente me llevaron para un campamento cañero hacia el sur entre el Yaguabo y Cauto Cristo, comenzaba mi segunda experiencia  en aquel acontecimiento desastroso que fue la Zafra del 70.
Arribamos por un angosto terraplén al campamento “Las 44” que en realidad era dos campamentos, alrededor todo era campos de cañas y un canal de regadío. El campamento principal tenía unos 150 macheteros y el otro unos 80 macheteros; la mayoría de ellos cansados de meses de fatigosas jornadas de corte de caña y muchos de ellos enfermos. No disponía de un local para la enfermería ni de un enfermero y los medicamentos eran escasos.
El problema más serio era el número de trabajadores con Sarna, desde las lesiones más sencillas de rascado hasta infecciones severas de la piel. Esto sobre todo en el campamento con menos trabajadores. En el otro campamento  al  problema de la sarna se sumaba la presencia en el campamento de ratas, en número tal, que daban cuenta de los escasos alimentos del almacén y mordían a los albergados sobre todo en los dedos de los pies. Esa misma noche hice un informe a la Dirección Municipal de Salud  y al Puesto de Mando del contingente  sobre estos problemas que entregue al jefe de servicios. Al día siguiente ya en la tarde tenía todo lo necesario para el control de la infestación por Sarna y la infestación por ratones que, por razones que no podía explicar, solo estaban en un campamento. Me enviaron para esto un  raticida anticoagulante muy conocido: walfarina; solo que debía de esperar al trabajador sanitario para emplearlo.
Los hombres fueron puestos en fila al regresar del trabajo, solo cubiertos con su toalla; toda la ropa de cama y su ropa  pasaron a ser hervidas en grandes calderas preparadas para eso, cada uno era responsable de su ropa. A cada uno se le entrego un jabón de Lindano que debían usar para bañarse y guardar si les quedaba; cuando terminaban de bañarse recibían de mis ayudantes un apósito o algodón empapado en Benzoato de Bencillo con Clorofenotano que pasaban por su cuerpo por debajo del cuello y debían esperar a que se secara. Se ponían las ropas recién lavadas, hervidas y secas; al día siguiente se repitió esto. A los trabajadores con graves lesiones de infecciones se les dio algunas dosis de Oxitetraciclina, antibióticos tópicos y un permiso de 4 días para ir a sus casas con toda la ropa; sabía que la mayoría no regresaría y era lo mejor para ellos.
Para la plaga de ratas el sanitario me enseñó a preparar un cebo con maíz molido grueso y residuos de grasa de los calderos a lo que se añadía la walfarina en una proporción aproximada, se hacían bolas que se secaban. En dos noches poniendo estos manjares fue suficiente para terminar la plaga de ratas. En la mañana los trabajadores se levantaban sorprendidos al ver los cientos de ratas y ratones muertos.
El resto de los días pasaba en completo aburrimiento. Me contaban aquellos hombres que llevaban meses trabajando sin descanso y lo que significó la noticia de que no llegarían a cumplir la meta de los 10 millones de toneladas de azúcar. Estoy seguro que muchos se alegraron, pero algunos se fueron en las noches a los cañaverales donde trabajaban hasta el amanecer ayudado por las luces de los tractores y los camiones. El tractorista que me enseñó a manejar y pescaba conmigo en el canal fue uno de ellos, no se reponía del fracaso.
Dos semanas después ambos campamentos fueron trasladados para uno mejor, justo frente a la carretera central y con mejores condiciones. Los macheteros estaban contentos aunque la comida era escasa; uno huesos nadando en un caldo negruzco y rancio era con frecuencia lo que se encontraban los macheteros cuando llegaban de los cañaverales cansados y hambrientos. Eso sí, trajeron desde Manzanillo un Órgano Oriental que garantizaba la música todas las noches acompañando la algazara con abundante ron, aguardiente o alcohol traído directo de las destilerías. Drogados se acostaban hasta el día siguiente que regresaban a los cortes. Teníamos el órgano cerca de la enfermería, lo que supone que aquello era una tortura.
Trabajaba conmigo un viejo enfermero que decía contar con muchos créditos pero que nunca vi. Era bastante diestro en las curaciones pero disponía a su antojo de todo. Empezó a emplear un tratamiento que consistía en extraer sangre que mezclaba con antihistamínicos parenterales o corticoides y le inyectaba vía intramuscular al trabajador, lo vi hacer esto en dos ocasiones y le dije que no siguiera haciéndolo. Cuando se terminó la Poción Jaccoud y los anticatarrales orales, le dio por exprimir los tallos de las matas de plátano y mezclarlo con el alcohol de uso medicinal que teníamos. En las tardes cuando escaseaba el aguardiente y empezaba a sonar el órgano oriental hacían fila los macheteros, todos tenían “apretazón en el pecho”. Había allí una cantidad increíble de medicamentos a nuestra disposición que tal vez superaba lo de la farmacia más próxima.
En el periodo de la Zafra de los 10 millones se puso a disposición de esta meta, por aquellos días ya rematada por el fiasco, todos los recursos del país. Los organismos del nivel central “apadrinaban” centrales azucareros. Muy cerca de nuestro campamento organismos  de turismo apadrinaron el Central Cristino Naranjo. Un día fueron allí  los dirigentes, esos que pasean, hablan, andan con agendas pero no cogen una mocha ni a jodia. En el batey del central con un público animado por el alcohol y las promesas el dirigente con voz jubilosa anunciaba que pronto se construiría una Pizzería en el batey, en ese momento grita una vieja desde el público afirmando: “¡qué bueno, así no tienen que ir a hacerlo a los cañaverales!”. Es que eran tiempos de sacrificio pero también de gozadera; que el cañaveral en Cuba siempre ha sido escenario del criollo himeneo.
Elba Pérez, Reina del Carnaval de La Habana en el 1970
Un día me sorprendió que nadie había salido para los cañaverales, había mucho contento en los macheteros, entonces Larramendi el jefe de servicios vino a darme la noticia de que regresaban todos ese mismo día para Manzanillo; “usted viene con nosotros médico”, así me dijo,” “¡no me digas!, ¿qué voy a hacer a Manzanillo si mi brigada esta en Holguín?”, “pues nosotros si nos vamos”..., agregó. Dicho y hecho en pocas horas estaba solo con mi maleta y mi mochila en aquel campamento, cayendo la tarde y sin saber qué hacer. En  la enfermería quedaban todos los medicamentos que tenía bien ordenado, quien sabe que  harían con ellos.
Caminé hasta un pobre bohío cercano y les pedí al campesino que me cuidara mi equipaje; cuando salí a la carretera tome un Ómnibus que me llevo a Holguín donde estaba mis “jefes” que no eran otros que los mimos dirigentes de la FEU-UJC del curso. Al día siguiente regrese con ellos a buscar mis pertenencias y me dejaron en el Policlínico de Cacocún; diez días después me entregaron un pasaje para regresar a La Habana. Había terminado para mí la Zafra del 70; significo 9 semanas que no me enriquecieron en nada.
De la Zafra vi las desigualdades, el sacrificio, el desorden y la inopia colectiva. Vi pobres macheteros separados de sus familias, sufrientes, enfermos, mal alimentados y maldiciendo la hora en que se habían metido en aquello, o los habían metido. Vi también gentes creída de una revolución  que comenzaba  a dar cuenta de sus propios hijos, y aun así, ya empezaban a cantar aquella canción que decía que…, puede que algún machete/Se enrede en la maleza, /Puede que algunas noches/Las estrellas no quieran salir. /Puede que con los brazos/Haya que abrir la selva Pero a pesar de los pesares, /como sea Cuba va, ¡Cuba va! Sí tal vez Cuba VA…, pero los 10 millones no fueron.
Dicen los entendidos que alguien dijo que no iban, no fue el estratega en Jefe que dijo siempre lo contrario, para después decirnos que bueno…, convertiríamos el revés en victoria. Que pasó lo que pasó  porque había cañas pero no había centrales, dicen los expertos.  Que el concepto de Revolución que existía hasta ese momento, de haber logrado la victoria en todo, chocó con la realidad……., porque de repente los cubanos de aquella época nos encontramos con un machete en la mano en el proceso de la zafra. Se cerraron centros de diversión, de recreación, en cierta medida se dividió la familia cubana, porque si alguien estaba cortando caña un año no podía atender a su esposa. En algunas oportunidades ese proceso llevó a hechos heroicos, pero también a mucho oportunismo. Sufrimos demasiado tratando de conseguir una meta, pero nos la creímos. Todo esto dicen planificadores de ayer que sujetaron a todo un pueblo y los lazaron a un descalabro económico y social.
No regresé a mi pueblo de inmediato, caminé por una Habana marchitada y gris como nunca la había visto. La capital con la Zafra había recibido una estocada de la que nunca se recuperaría. Pero se movilizaba el circo para aligerar el desánimo de tantos. Los carnavales como se venía anunciando serían como la zafra, los mejores y más jubilosos, que es como decir: si no tenemos los 10 millones, tenemos unos carnavales que le van a roncar…,
Camine toda la Rampa desde J hasta Malecón donde ya los carnavales comenzaban aquella tarde, fueron según supe unos carnavales de navajazos. La música de  una conga pegajosa que sonaba por toda La Habana: “El perico esta llorando”, de la autoría e interpretación de Tata Guiñes era el sonido distintivo; se asegura que esta fue proscrita porque hacía referencia al anuncio del dictador cuando no se logró la meta de los 10 millones…, entonces la conga le contestaba: “Tápale la boca a ese perico, que está llorando con la maraña que ha hecho y está gritando”.
Hubo, carnavales, Reina de belleza, congas, navajazos y enajenación para la isla en peso. Atrás quedaba el fracaso…, regrese a mi pueblo, aquello era mucho con demasiado.

01.03.2017©