Por: Dr. Eloy A Gonzalez.*
A lo largo de varias décadas, las representaciones del
realismo socialista en Cuba han ofrecido al mundo una imagen pulcra y heroica:
el médico de "estatura continental", un individuo privado de
ambiciones materiales que se eleva sobre las privaciones del tercer mundo
armado únicamente con un estetoscopio. Esta narrativa ha forjado una
"jiribilla colectiva" —perniciosa y simplista— que busca encapsular
el drama del profesional de la salud exclusivamente en las misiones
internacionalistas. Se menciona el término "esclavitud moderna" al
aludir a la apropiación de salarios en países como Qatar o Argelia. A pesar de
que esta afirmación representa una crítica válida, apenas representa la capa
exterior de un engaño mucho más profundo y despiadado.
En la actualidad, continúa el debate constante y
reiterado sobre las misiones médicas cubanas, el trabajo "esclavo"
que llevan a cabo los profesionales de la salud cubanos en el extranjero y las
difíciles circunstancias a las que se ven expuestos durante estas misiones. La
frase "esclavos de batas blancas" alude exclusivamente a las
remuneraciones, de las que el gobierno retiene la mayor parte de los fondos. Se
pasa por alto que aquellos médicos cubanos que nunca lograron "salir a
cumplir misiones" son, en un sentido estricto, considerados: esclavos.
No se puede comparar la experiencia de ejercer la
medicina durante años en el "Pinarito de Cambute" en Oriente, como
médico cubano, con el desempeño profesional bajo un contrato atractivo en una
nación africana o en un hospital especializado de un país próspero del Medio
Oriente. He señalado anteriormente: los verdaderos médicos cubanos en situación
de esclavitud son aquellos que han laborado incansablemente en Cuba a lo largo
de su vida profesional.
En relación con los beneficios. No resulta equivalente
ejercer la profesión de médico o especialista, a ser un profesional que,
adicionalmente, forma parte del Partido Comunista y ocupa un cargo
administrativo relevante, disfrutando de asignaciones como un automóvil,
vivienda y un estilo de vida más satisfactorio. Esto es válido si está en la
capital, como médico residente casi siempre vía directa, en el post graduado o
cumpliendo una misión internacionalista. Es fundamental denunciar la falacia de
que el médico cubano vive bien. La realidad es que se creó una aristocracia de
bata blanca estrictamente vinculada a la fidelidad política. Solo aquellos con
el carnet del Partido en el bolsillo y un cargo administrativo en la solapa
accedieron a la casa, al auto y al estilo de vida gratificante.
Se describe al médico cubano como un bloque unificado de
abnegación en la retórica del realismo socialista. No obstante, hay una
tendencia colectiva y perjudicial que se esfuerza por simplificar la realidad
al limitar el debate únicamente a las misiones internacionales. Esta
perspectiva es incompleta. Para comprender el entramado vergonzoso del sistema
de salud en Cuba, es esencial diferenciar las distintas clases de explotación
que ha creado el Estado. No todos los médicos "sufren" las mismas
condiciones; hay una jerarquía de la servidumbre que abarca desde la
"esclavitud light" de los contratos en países ricos hasta la
esclavitud total y silenciada de aquellos que nunca abandonaron la isla.
"Un médico que se ha formado, con un carnet de la juventud comunista en el
bolsillo y que luego lo reemplazó por el del Partido Comunista no es igual a
aquellos jóvenes "simples" como nos llamaban en la universidad, que
completamos la carrera para formar parte de una multitud uniforme de médicos
que van y vienen, tratados como esclavos disciplinados. Siempre, los comunistas cubanos, carnet en
mano, reciben un trato preferencial y asumen las ganancias secundarias de su
posición meramente ideológica, siendo médicos y estén donde estén.
El discurso crítico actual suele centrarse en los "esclavos
de batas blancas" en el extranjero. Pero seamos precisos: incluso en
esa explotación hay matices de privilegio. No es comparable la experiencia en
Qatar o Arabia Saudita con el rigor de Angola en los años 80. El médico que
asume una misión recibe beneficios que funcionan como un paliativo frente a la
confiscación de su salario por parte del régimen.
Yo mismo viví esa dualidad en Nicaragua. Recibíamos unos
irrisorios 2.5 dólares mensuales, pero el régimen utiliza una combinación de
recompensas y castigos para motivar al profesional a actuar de una manera
específica y mantenida. Al regresar, nos esperaba un bono de entre 8 y 10 mil
pesos y el "privilegio" de adquirir un auto. Eran prebendas
diseñadas para comprar la lealtad y el silencio. Pero, ¿qué pasa con el médico
que nunca cruzó el charco? ¿Qué pasa con el que se quedó sosteniendo el sistema
en los hospitales ruinosos de la isla?
Pienso que para hablar de los médicos cubanos y sus
derechos es necesario ser médico, haber participado o estar involucrado en
misiones internacionalistas y haber vivido la experiencia de prestar un
servicio médico social durante mucho tiempo en una zona inhóspita de Cuba;
después de eso... ahí me cuentan.
¿Quieren que les diga que es la esclavitud de los médicos
cubanos?
La verdadera historia de los médicos esclavos no empieza
con el Servicio Medico Rural o Social como se le denominó más tarde. Comenzó
con las decenas de médicos que, habiéndose graduado antes del 1959 y ejerciendo
su carrera; cuando se produce la instauración socialista en Cuba y como
consecuencia de esto la socialización de la Medicina, optaron por emigrar.
Entonces ya se había echado el cierre a la Isla (agosto 1962). Se establecieron
sanciones inimaginables para emigrar. Los mandaron a sitios muy alejados de su
residencia y les impusieron un régimen de trabajo que era excesivo y riguroso.
Era un castigo. Decía incluso la gente: "Es médico, pero lo castigan porque
se va del país". Esta pena se prolongaba durante años. Los profesionales
que eran castigados por ejercer su derecho a emigrar quedaban completamente
destruidos.
La esclavitud, para muchos graduados en la Revolución, comienza en el Servicio Médico Social. Es aquí
donde el realismo socialista se convierte en una distopía personal.
En realidad, era un destierro geográfico: los médicos de
las provincias del occidente, especialmente los de la capital, eran enviados a
la parte oriental del país; se les separaba de sus familias bajo el pretexto de
que "la Revolución los necesita". Cuando se daban cuenta de
que su salario era un poco más de 200 pesos al mes, lo veían como un sueldo
apenas suficiente para subsistir y cubrir los costos de los frecuentes viajes
que hacían con el fin de tratar de mantener la cercanía con su familia.
Viene como consecuencia de tanto tiempo de desarraigo
familiar, social y profesional la mutilación profesional. Agotados y
desanimados, ya teniendo que cargar con el peso del cuidado de toda una familia
se ven escasamente motivados y carentes de tiempo como para considerar el acceso
a residencias en especialidades competitivas. Al medico entonces no le queda otra
opción que asumir la formación en Medicina General Integral (MGI) como destino
final, consumiéndose en un consultorio de familia muchas veces distante y sin
esperanzas de crecimiento.
El médico y su familia enfrentan un panorama muy adverso
con el servicio de medicina social, las misiones nacionalistas y las misiones
internacionalistas. Esto no solo causa una crisis económica, sino también una
crisis humana: separación de los hijos, divorcios y la ruina del proyecto de
vida. En la práctica, esto implicó que el médico y su familia fueran
aniquilados; como resultado, las vidas se destruyeron.
La revictimización de los especialistas es un asunto
conflictivo y poco discutido. En la categoría de "misiones
nacionalistas", los médicos ya establecidos en la capital o en cabeceras
provinciales fueron enviados nuevamente a hospitales de zonas interiores, como
si fueran piezas de ajedrez, sin derecho a réplica ni compensación adecuada. Si
hablamos de trabajo esclavo, pensemos en los médicos cubanos que, después de
trabajar en la capital como postgraduados, residentes o especialistas, fueron
calificados con el término "misiones nacionalistas". Se les escapó
una buena parte de su vida profesional en dos años; ya se había perdido con el
servicio médico social o con la misión internacionalista.
Para el resto, los médicos que se consumieron esperando
el “permiso de salida”, para el
especialista que operó bajo apagones o el residente que hizo guardias de 24
horas con el estómago vacío, no hubo prebendas. Al final de una vida laboral
entera, estos hombres y mujeres —los auténticos médicos esclavos— terminan sin
un patrimonio que heredar, con jubilaciones de miseria y la sensación de haber
sido estafados por una épica que nunca los incluyó en el reparto de beneficios.
Hay que haber transitado por unas etapas difíciles,
obstáculos o situaciones complicadas que requieren gran esfuerzo, en los
lugares más inhóspitos de la geografía cubana para tener el derecho de hablar
sobre la salud en la isla. Hay que haber cumplido una “honrosa misión
internacionalista”. Hay que haber sentido el peso inesperado de la "misión
nacionalista" —ese eufemismo utilizado para reenviar especialistas a
provincias como si fueran piezas de repuesto— para entender que el sistema de
salud en Cuba no forma médicos, sino que extrae plusvalía humana hasta dejar el
envase vacío. El "Pinarito de Cambute" no es
solo un lugar geográfico; es el símbolo de una generación de profesionales que
lo dio todo y no recibió nada. Es hora de que el mundo deje de mirar la
propaganda y empiece a mirar las manos vacías de nuestros médicos jubilados.
2026
Para citar este articulo :
A Gonzalez, E. (2026). Medicina y Memoria en Cuba
(Primera Edición, pp. 355–360). Arlington Book Publishing House. ISBN: Pending
*Médico Especialista de I Grado en Oncología. Profesor
Instructor de Farmacología y Asesor Nacional del Colegio Médico Independiente
de Cuba. Editor del Blog de Medicina Cubana y Religión en Revolución.
Columnista, Blogger, FreeLancer Writer y Consultor de GLG. Posee un diplomado
en Historia de la Medicina por la UNAM (2005) y es autor de cinco libros. Su
trayectoria integra la práctica clínica, la docencia y el activismo social a
través del periodismo de opinión.






