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jueves, marzo 09, 2017

Médico en el campamento cañero de Las 44

Por: Dr. Eloy A González.
Dónde fue a parar la magia de los muñecones. Dónde fueron a parar tantas canciones. Dónde las navajas y las bengalas estallando. Y Tata Güines y El Perico está llorando. Carnavales, Frank Delgado
La Zafra de los 10 millones, ya fracasada, continuaba aun cuando el  estratega mayor de aquella contienda había anunciado que sencillamente los 10 millones ya no iban. Había pasado unos 20 días y el regreso a La Habana parecía remoto.
Me albergaron en el campamento sede del Contingente Lenin, esto cerca del poblado del Yaguabo. Era un campamento muy grande que disponía de todos los recursos y donde estaba el  Puesto de Mando y en estos “puestos de mando” no faltaba nada. Aquí vas a estar hasta que te ubiquen  me dijeron. Los  colegas que estaban allí se mostraban recelosos considerando que su posición estaba en peligro…, nada de esto; al día siguiente me llevaron para un campamento cañero hacia el sur entre el Yaguabo y Cauto Cristo, comenzaba mi segunda experiencia  en aquel acontecimiento desastroso que fue la Zafra del 70.
Arribamos por un angosto terraplén al campamento “Las 44” que en realidad era dos campamentos, alrededor todo era campos de cañas y un canal de regadío. El campamento principal tenía unos 150 macheteros y el otro unos 80 macheteros; la mayoría de ellos cansados de meses de fatigosas jornadas de corte de caña y muchos de ellos enfermos. No disponía de un local para la enfermería ni de un enfermero y los medicamentos eran escasos.
El problema más serio era el número de trabajadores con Sarna, desde las lesiones más sencillas de rascado hasta infecciones severas de la piel. Esto sobre todo en el campamento con menos trabajadores. En el otro campamento  al  problema de la sarna se sumaba la presencia en el campamento de ratas, en número tal, que daban cuenta de los escasos alimentos del almacén y mordían a los albergados sobre todo en los dedos de los pies. Esa misma noche hice un informe a la Dirección Municipal de Salud  y al Puesto de Mando del contingente  sobre estos problemas que entregue al jefe de servicios. Al día siguiente ya en la tarde tenía todo lo necesario para el control de la infestación por Sarna y la infestación por ratones que, por razones que no podía explicar, solo estaban en un campamento. Me enviaron para esto un  raticida anticoagulante muy conocido: walfarina; solo que debía de esperar al trabajador sanitario para emplearlo.
Los hombres fueron puestos en fila al regresar del trabajo, solo cubiertos con su toalla; toda la ropa de cama y su ropa  pasaron a ser hervidas en grandes calderas preparadas para eso, cada uno era responsable de su ropa. A cada uno se le entrego un jabón de Lindano que debían usar para bañarse y guardar si les quedaba; cuando terminaban de bañarse recibían de mis ayudantes un apósito o algodón empapado en Benzoato de Bencillo con Clorofenotano que pasaban por su cuerpo por debajo del cuello y debían esperar a que se secara. Se ponían las ropas recién lavadas, hervidas y secas; al día siguiente se repitió esto. A los trabajadores con graves lesiones de infecciones se les dio algunas dosis de Oxitetraciclina, antibióticos tópicos y un permiso de 4 días para ir a sus casas con toda la ropa; sabía que la mayoría no regresaría y era lo mejor para ellos.
Para la plaga de ratas el sanitario me enseñó a preparar un cebo con maíz molido grueso y residuos de grasa de los calderos a lo que se añadía la walfarina en una proporción aproximada, se hacían bolas que se secaban. En dos noches poniendo estos manjares fue suficiente para terminar la plaga de ratas. En la mañana los trabajadores se levantaban sorprendidos al ver los cientos de ratas y ratones muertos.
El resto de los días pasaba en completo aburrimiento. Me contaban aquellos hombres que llevaban meses trabajando sin descanso y lo que significó la noticia de que no llegarían a cumplir la meta de los 10 millones de toneladas de azúcar. Estoy seguro que muchos se alegraron, pero algunos se fueron en las noches a los cañaverales donde trabajaban hasta el amanecer ayudado por las luces de los tractores y los camiones. El tractorista que me enseñó a manejar y pescaba conmigo en el canal fue uno de ellos, no se reponía del fracaso.
Dos semanas después ambos campamentos fueron trasladados para uno mejor, justo frente a la carretera central y con mejores condiciones. Los macheteros estaban contentos aunque la comida era escasa; uno huesos nadando en un caldo negruzco y rancio era con frecuencia lo que se encontraban los macheteros cuando llegaban de los cañaverales cansados y hambrientos. Eso sí, trajeron desde Manzanillo un Órgano Oriental que garantizaba la música todas las noches acompañando la algazara con abundante ron, aguardiente o alcohol traído directo de las destilerías. Drogados se acostaban hasta el día siguiente que regresaban a los cortes. Teníamos el órgano cerca de la enfermería, lo que supone que aquello era una tortura.
Trabajaba conmigo un viejo enfermero que decía contar con muchos créditos pero que nunca vi. Era bastante diestro en las curaciones pero disponía a su antojo de todo. Empezó a emplear un tratamiento que consistía en extraer sangre que mezclaba con antihistamínicos parenterales o corticoides y le inyectaba vía intramuscular al trabajador, lo vi hacer esto en dos ocasiones y le dije que no siguiera haciéndolo. Cuando se terminó la Poción Jaccoud y los anticatarrales orales, le dio por exprimir los tallos de las matas de plátano y mezclarlo con el alcohol de uso medicinal que teníamos. En las tardes cuando escaseaba el aguardiente y empezaba a sonar el órgano oriental hacían fila los macheteros, todos tenían “apretazón en el pecho”. Había allí una cantidad increíble de medicamentos a nuestra disposición que tal vez superaba lo de la farmacia más próxima.
En el periodo de la Zafra de los 10 millones se puso a disposición de esta meta, por aquellos días ya rematada por el fiasco, todos los recursos del país. Los organismos del nivel central “apadrinaban” centrales azucareros. Muy cerca de nuestro campamento organismos  de turismo apadrinaron el Central Cristino Naranjo. Un día fueron allí  los dirigentes, esos que pasean, hablan, andan con agendas pero no cogen una mocha ni a jodia. En el batey del central con un público animado por el alcohol y las promesas el dirigente con voz jubilosa anunciaba que pronto se construiría una Pizzería en el batey, en ese momento grita una vieja desde el público afirmando: “¡qué bueno, así no tienen que ir a hacerlo a los cañaverales!”. Es que eran tiempos de sacrificio pero también de gozadera; que el cañaveral en Cuba siempre ha sido escenario del criollo himeneo.
Elba Pérez, Reina del Carnaval de La Habana en el 1970
Un día me sorprendió que nadie había salido para los cañaverales, había mucho contento en los macheteros, entonces Larramendi el jefe de servicios vino a darme la noticia de que regresaban todos ese mismo día para Manzanillo; “usted viene con nosotros médico”, así me dijo,” “¡no me digas!, ¿qué voy a hacer a Manzanillo si mi brigada esta en Holguín?”,pues nosotros si nos vamos”..., agregó. Dicho y hecho en pocas horas estaba solo con mi maleta y mi mochila en aquel campamento, cayendo la tarde y sin saber qué hacer. En  la enfermería quedaban todos los medicamentos que tenía bien ordenado, quien sabe que  harían con ellos.
Caminé hasta un pobre bohío cercano y les pedí al campesino que me cuidara mi equipaje; cuando salí a la carretera tome un Ómnibus que me llevo a Holguín donde estaba mis “jefes” que no eran otros que los mimos dirigentes de la FEU-UJC del curso. Al día siguiente regrese con ellos a buscar mis pertenencias y me dejaron en el Policlínico de Cacocún; diez días después me entregaron un pasaje para regresar a La Habana. Había terminado para mí la Zafra del 70; significo 9 semanas que no me enriquecieron en nada.
De la Zafra vi las desigualdades, el sacrificio, el desorden y la inopia colectiva. Vi pobres macheteros separados de sus familias, sufrientes, enfermos, mal alimentados y maldiciendo la hora en que se habían metido en aquello, o los habían metido. Vi también gentes creída de una revolución  que comenzaba  a dar cuenta de sus propios hijos, y aun así, ya empezaban a cantar aquella canción que decía que…, puede que algún machete/Se enrede en la maleza, /Puede que algunas noches/Las estrellas no quieran salir. /Puede que con los brazos/Haya que abrir la selva Pero a pesar de los pesares, /como sea Cuba va, ¡Cuba va! Sí tal vez Cuba VA…, pero los 10 millones no fueron.
Dicen los entendidos que alguien dijo que no iban, no fue el estratega en Jefe que dijo siempre lo contrario, para después decirnos que bueno…, convertiríamos el revés en victoria. Que pasó lo que pasó  porque había cañas pero no había centrales, dicen los expertos.  Que el concepto de Revolución que existía hasta ese momento, de haber logrado la victoria en todo, chocó con la realidad……., porque de repente los cubanos de aquella época nos encontramos con un machete en la mano en el proceso de la zafra. Se cerraron centros de diversión, de recreación, en cierta medida se dividió la familia cubana, porque si alguien estaba cortando caña un año no podía atender a su esposa. En algunas oportunidades ese proceso llevó a hechos heroicos, pero también a mucho oportunismo. Sufrimos demasiado tratando de conseguir una meta, pero nos la creímos. Todo esto dicen planificadores de ayer que sujetaron a todo un pueblo y los lazaron a un descalabro económico y social.
No regresé a mi pueblo de inmediato, caminé por una Habana marchitada y gris como nunca la había visto. La capital con la Zafra había recibido una estocada de la que nunca se recuperaría. Pero se movilizaba el circo para aligerar el desánimo de tantos. Los carnavales como se venía anunciando serían como la zafra, los mejores y más jubilosos, que es como decir: si no tenemos los 10 millones, tenemos unos carnavales que le van a roncar…,
Camine toda la Rampa desde J hasta Malecón donde ya los carnavales comenzaban aquella tarde, fueron según supe unos carnavales de navajazos. La música de  una conga pegajosa que sonaba por toda La Habana: “El perico esta llorando”, de la autoría e interpretación de Tata Guiñes era el sonido distintivo; se asegura que esta fue proscrita porque hacía referencia al anuncio del dictador cuando no se logró la meta de los 10 millones…, entonces la conga le contestaba: “Tápale la boca a ese perico, que está llorando con la maraña que ha hecho y está gritando”.
Hubo, carnavales, Reina de belleza, congas, navajazos y enajenación para la isla en peso. Atrás quedaba el fracaso…, regrese a mi pueblo, aquello era mucho con demasiado.

01.03.2017©

jueves, noviembre 03, 2016

Con Audrey Hepburn en el Central Dos Ríos.

Había terminado el curso correspondiente al tercer año de la carrera de Medicina. Esto en el Hospital Universitario Calixto García, en la Sala Clínicas Altos. Fue y sigue siendo un año del cual no se han apartado mis recuerdos.
En el curso entre los años 1969-1970, la Revolución llegaba a su décimo aniversario y este tiempo que ocupa mi memoria fue para aquella sociedad, en permanente conmoción y asombro,  el año del Esfuerzo Decisivo (1969) y el Año de los Diez Millones (1970). La Zafra de los 10 millones marcó aquel tiempo, pero no fue solo eso. La sociedad en su conjunto, la dirigencia de la Revolución, todos, fueron convocados a un empeño que consolidaría el proyecto revolucionario y nos sacaría de las nuevas miserias y privaciones que ya nos había dado el ensayo aquel de socialismo real, con sus ventajas según mostraba y sus carencias.
La Revolución aquella ajena y parte del tejido social de una nación comprometida y gobernada por una dictadura que  ya se consolidaba, requería de eventos que la legitimaran y la presentaran como una sociedad exitosa y en nada fallida; es por eso que se hizo un esfuerzo decisivo y la nación toda se propuso como meta hacer una Zafra donde se produjeran 10 millones de toneladas de azúcar; fue la Zafra de los Diez Millones.
Fue así que a principios de mayo del 1970 los estudiantes de medicina en La Habana fuimos movilizados para esa última etapa decisiva de la zafra hacia las provincias del oriente; tal vez ya muchos altos dirigentes sabían que aquella excelsa y gloriosa meta acabaría en un rotundo fracaso. Nosotros también éramos parte de aquel entusiasmo condicionado y aprehendido, queríamos nuestra parte de gloria. Fue así que temprano en la mañana abordamos aquellos ómnibus vetustos, que nos recordaba el plan de becas, para emprender un largo viaje que nos llevaría a Palma Soriano en el extremo oriental de la isla.
Atrás quedaba una ciudad casi marchita; las constantes movilizaciones a la agricultura y el llamado a la Zafra  fue la  estocada más  cruenta que hacia la revolución a la capital, que años antes aun mostraba un especial encanto. También quedaban atrás las experiencias personales de un año intenso de prácticas clínicas, la fe en medio de un entramado antirreligioso , la novedosa experiencia del compromiso social del cristiano en un evento inusual y creativo y por último la sorpresa y el enojo de un círculo político en el aula de Clínica Bajos, que marco mi paso por la Universidad.
Jornada de encanto, alegría y bromas fue aquel viaje donde en la mitad del camino di cuenta de un abultado folleto sobre enfermedades comunes y manejos de estas; que sería sin dudas lo que iba a encontrar cuando me desempeñara como médico designado y enfermero ocasional. Este sería nuestro trabajo, en aquella histórica zafra, entre las decena de miles de cortadores de caña que ya estaban, hacia muchos meses, en los cañaverales.
Audrey Hepburn
El Palma Soriano bajamos de los ómnibus cansados de un viaje prolongado y agotador sin perder el ánimo y dispuestos a incorporados a las labores que nos designaran en aquella  zafra. Los funcionarios locales  y nuestros dirigentes estudiantiles se movían entre los estudiantes de Medicina y algunos ya se subían en algunos vehículos para ser llevados a sus destinos.
No sé de donde salió aquel sujeto de andar rápido y hablar igual de rápido que se me presentó como administrador del policlínico del Central Dos Ríos y me dijo, preguntando,  si ya estaba listo para salir. Entonces mi destino era el Central Dos Ríos, un central azucarero  en el municipio de Palma Soriano a escasos kilómetros de esta ciudad hacia el oeste  y teniendo de por medio el Rio Cauto.
En una cercana boca calle tenia estacionado un jeep descapotable donde pusimos mi equipaje detrás y justo en el momento que tome asiento al lado del conductor, apareció de la nada, con pasos agiles y resueltos una joven de delicada belleza, con una delgadez distintiva; estaba vestida con ropas de miliciana, pantalón verde sin los grandes bolsillos laterales, ligeramente ajustado a su cuerpo grácil y hermoso y una camisa blusa de tono azul, calzaba una botas rusticas. De un salto subió al asiento posterior en tanto que el administrador me decía como con desgano…...”ella va con nosotros”. El camino era corto en tanto que miraba de soslayo aquella belleza miliciana que por un momento me recordó una foto de  aquella actriz británica, que entusiasmada con un viaje a Cuba, apareció vestida de miliciana en un evento en la ciudad de Londres; Vanesa, si Vanessa Redgrave es su nombre.
Pero más que nada yo no paraba de preguntarle al administrador del policlínico de Dos Ríos como iba la zafra, cuál era el entusiasmo por esta y sobre todo si sabía cuál sería nuestro trabajo en el policlínico; dando por seguro que ambos ya estábamos ubicados allí. Con fastidio contestaba a mis preguntas, pero lo que no quedaba claro era dónde  íbamos a trabajar; entonces me preguntaba por qué nos llevaban al policlínico de esta localidad tan cercada. Le dije, “no se ella si  tiene tanta hambre como yo..., que apenas comí en el camino y ya está cayendo la tarde”. El asintió y me dijo que antes de llegar al Policlínico iríamos a un comedor obrero muy cerca. Llegamos al lugar y en poco tiempo estábamos sentados delante de una mesa de cemento propia de los comedores obreros dando cuenta de una escasa pero bien preparada bandeja proletaria. En aquel momento no tuve tiempo de reparar en aquella belleza que me sorprendió como una agradable aparición en aquella calle de Palma Soriano y que suponía una estudiante más de medicina, llegada como yo desde La Habana.
Audrey Hepburn
Llegamos al Policlínico, como era usual, una casa de las confiscadas, espaciosa y de madera, haciendo esquina y bien adaptada para los propósitos de una facilidad de salud. El sujeto abrió la puerta y pronto estuvimos en un patio central donde de nuevo pude mirar, esta vez con detenimiento aquella joven bonita como pocas que caminaba delante de mí con soltura y elegancia. Sin duda  tenía un especial candor y delicadeza que superaba sus rustica vestimenta; mostraba  una belleza de la que muy pocas pueden presumir, de esas que con muy poco están simplemente espectacular.
El administrador nos dejó en la puerta de lo que sería la habitación que ocuparíamos, al fondo había un baño pequeño que era el único que en aquella hora de la tarde aparecía iluminado. Entramos y dejamos los equipajes, el de ella más escaso que el mío, algo que me sorprendió.  En tanto que con una voz dulce y apagada por el cansancio, aquella encantada inocencia me dice lo cansada que estaba y que quería tomar un baño. Tenía una atrapante mirada enmarcada por unas cejas bien oscuras, angulares e intensas y un rostro de esos tan hermosos que suelen molestar; el pelo negro corto muy corto y un cerquillo a mitad de frente que hacía más sencillo su precioso rostro.
No , no podía ser…, sí que lo era; tenía delante de mí como una aparición la figura icónica y única de Audrey Hepburn en aquella habitación…, velado escenario de una tarde que ya llegaba en aquel distante poblado de Dos Ríos.
La turbación me llevo a tomar, en amable gesto, un cubo que allí estaba en tanto que le decía que iría por agua para que pudiera bañarse y así lo hice. Ya en el patio interior donde había una toma de agua me encuentro con el administrador que esta vez, en tono más en serio que en broma, comenzó una sarta de comentarios lascivos sobre ella, Audrey, sin escapar detalles lo que me molesto. Ella aguardaba en la habitación.
…, y de qué forma. Cuando entro a la habitación Audrey estaba de pie al lado de la litera completamente desnuda, su mano izquierda descansaba en el borde de la  litera con ligereza y su brazo derecho descendía asiendo sin proponérselo una prenda de ropa. Extrañado mire aquella preciosidad dada en desnudez, sin que el instante y la incómoda perspectiva que se me ofrecía encontrara alguna reacción a una realidad que superaba el asombro. No se cuanta intencionalidad había en mostrase así y si aquello desafiaba mi ingenuidad. Se dice que la desnudez refiere por un lado a la pureza física, moral y espiritual. Se asocia al estado original, primigenio y puro del ser humano; refleja un retorno a lo primordial. Lo real es que ella estaba allí, desnuda, superando su inocencia si es que la había; pero a fin de cuentas siempre hay la ternura y exquisitez  en un cuerpo de mujer.
Hice un  breve gesto de aprobación sin palabras para salir de inmediato de aquella habitación. Caminé sin sentido en el patio una y otra vez para regresar a la habitación donde ella ahora estaba descansando en la cama y cubierta con una sábana que mal resguardaba su desnudez. Fui al baño me desvestí y me lance de un tirón el agua, para vestirme con rapidez y buscar, como lo hice, un lugar donde dormir en una de las consultas que permanecía abierta.
Dormí sin que pensamiento alguno me asaltará en la noche, llegando a una mañana algo tardía donde encontré al administrador en el patio, nos vamos, me dijo en tanto que fui a recoger mi equipaje a la habitación donde Audrey ya no estaba. Había en la habitación  una sensación de extrañeza y ese raro estremecimiento que se siente como algo que está presente, como detenido en el tiempo e impalpable, en un lugar donde no están solo objetos inanimados. Nada se me dijo, desapareció como había llegado, como una encantadora aparición.
Ya en el jeep, le pregunte al administrador-chofer, a donde íbamos…. “Pa’ el Central Oriente”, me dijo. Por aquel camino de agreste terraplén no se habló ni una palabra. Atrás quedaba aquella tarde de mayo del año 1970 cuando encontré a Audrey Hepburn en el Central Dos Ríos…., le vi desnuda.

2016©