Por: Una mujer cubana que vive la realidad de la isla
Hace unos días, frente al Congreso de los Estados Unidos, la National Nurses United (NNU), una de las mayores organizaciones de enfermeras sindicalizadas de ese país, exigió el fin del embargo a Cuba. Con pancartas y consignas como “¡Quiten las manos de encima de Cuba!”, denunciaron que la política estadounidense está causando una crisis humanitaria en la isla.
Como cubana que ha vivido y sufrido las consecuencias de
67 años de dictadura, no puedo quedarme callada.
Señoras enfermeras de la NNU:¿Son cubanas? ¿Han trabajado
en hospitales cubanos? ¿Han vivido un solo día como paciente o como profesional
de la salud en Cuba? La respuesta, casi con seguridad, es no. Ustedes repiten
el discurso oficial del régimen: que Cuba tiene “uno de los mejores sistemas de
salud del mundo”, universal y gratuito. Permítanme contarles la realidad que se
vive dentro de las salas: Una enfermera cubana gana menos de 5 dólares al
mes.
Trabajan turnos de hasta 24 horas sin condiciones
mínimas.
En muchas salas no hay termómetros, ni esfigmomanómetros,
ni oxígeno. Los familiares los llevan de sus casas y los rotan entre los
pacientes.
No hay guantes suficientes: una sola enfermera usa el
mismo par para poner sondas, inyectar, limpiar heridas y atender a múltiples
enfermos.
Faltan analgésicos básicos. Hay que esperar a que “autoricen”
un medicamento tan simple como una duralgina.
Muchas enfermeras terminan haciendo dulces o vendiendo lo
que pueden dentro de los propios hospitales para sobrevivir.
Conozco médicos intensivistas que crían cerdos en sus
patios para poder comer y alimentar a sus familias. Al terminar la guardia,
muchos regresan a casas sin electricidad, sin agua corriente y con mosquitos
como única compañía durante la noche. Esto no lo causa un embargo.
Lo causa un régimen que lleva casi siete décadas robando,
priorizando hoteles de lujo y negocios para la élite militar mientras abandona
al pueblo. Un régimen que destina millones a propaganda y represión, y que
esconde en el extranjero más de 18 mil millones de dólares (según diversas
estimaciones), mientras sus hijos y generales viven en la opulencia. Ustedes
dicen: “Como enfermeras, cuidamos de todos”.
Entonces, ¿por qué no exigen también el fin de la
represión? ¿Por qué no piden libertad para los cientos de presos políticos que
son torturados en las cárceles cubanas? ¿Por qué guardan silencio ante niños y
jóvenes encarcelados por pedir libertad o por publicar en internet? No es
“bloqueo”. Es dictadura.
Una dictadura que ha convertido la salud, la educación y
cada derecho en herramientas de control político. Una dictadura que castiga,
reprime y silencia a quien se atreve a cuestionarla. A las enfermeras
norteamericanas les digo con respeto pero con firmeza: Si realmente quieren
ayudar al pueblo cubano, no se unan a la campaña de quienes oprimen. Apoyen la
libertad. Apoyen el derecho de los cubanos a elegir su futuro, a tener un
salario digno, a no vivir en el miedo. Exijan que Raúl Castro, sus generales y
los hijos de la élite devuelvan al pueblo lo que le han robado.
Vengan a Cuba, no a los eventos organizados por el
régimen, sino a caminar con la gente de a pie, a entrar en los hospitales
reales, a vivir sin electricidad y sin agua. Entonces entenderán que esta
tragedia no tiene como principal culpable a Washington, sino a 67 años de un
sistema corrupto, ineficiente y criminal. El pueblo cubano no pide más bloqueo
ni menos bloqueo.
El pueblo cubano grita ¡Libertad! Libertad para los
presos políticos. Libertad para los jóvenes.
Libertad para decidir su propio destino. Si de verdad les
importa la vida humana, únanse a ese grito. Dejen de hacer eco a la propaganda
de una dictadura que lleva décadas matando sueños y esperanzas. Cuba no
necesita más mentiras. Cuba necesita verdad y libertad.
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