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miércoles, marzo 02, 2022

LA SECURITATE SIGUE FUNCIONANDO. II

Continuación…,

LA SECURITATE SIGUE FUNCIONANDO.* II

Por Herta Müller.**

Uno desafía al miedo hasta las profundidades del alma. Pero con la difamación se le roba a uno el alma. Todo lo que encuentras es un cerco monstruoso.

Los tres años que trabajé como traductora en la fábrica de tractores Tehnometal, han desaparecido del expediente. Traducía las descripciones de las máquinas que se importaban de la RDA, de Austria y de Suiza. Pasé cuatro años sentada con cuatro contadores en una oficina. Ellos calculaban los sueldos de los trabajadores, yo pasaba las páginas de mis gruesos diccionarios técnicos. No entendía nada de prensas hidráulicas o no hidráulicas, palancas o tornillos. Cuando el diccionario ofrecía tres, cuatro o hasta cinco acepciones, me iba a la fábrica y les preguntaba a los obreros. Ellos me daban la palabra correcta en rumano sin saber alemán, porque conocían las máquinas. En el tercer año se implementó una “oficina de protocolos”. El director me trasladó allí, junto a dos nuevas traductoras, una para francés, otra para inglés. Una era la esposa de un profesor universitario, de quien ya desde mi época de estudiante se decía que era un securista. La otra era nuera del número dos del servicio secreto de la ciudad. Ellas eran las únicas que poseían la llave del armario con los expedientes. Si llegaban de visita expertos extranjeros, yo debía abandonar la oficina. Entonces la agente Stana recibió al parecer el encargo de intentar enrolarme y hacerme apta para el trabajo de la oficina. A la segunda negativa me dieron la despedida: “Te pesará, te vamos a ahogar en el río”.

Archivos de la Securitate ,Bucarest, Rumania

Una mañana llegué al trabajo y encontré mis diccionarios en el suelo delante de la puerta de la oficina. Mi lugar le pertenecía ahora a un ingeniero, ya no me estaba permitido entrar a la oficina. No me podía ir a casa, porque me habrían despedido inmediatamente. Me había quedado sin mesa y sin silla. Durante dos días permanecí tercamente sentada las ocho horas con mis diccionarios sobre una escalera de concreto entre la planta baja y el primer piso, tratando de traducir para que nadie fuera a decir que no trabajaba. La gente de la oficina pasaba a mi lado sin decir nada. Mi amiga Jenny, una ingeniera, sabía cómo había llegado hasta ese punto. A diario la había mantenido, camino a casa, al tanto de los sucesos. Durante la pausa del mediodía venía a verme, se sentaba en la escalera. Comíamos juntas como antes en la oficina. En los altoparlantes del patio, como siempre, los coros de trabajadores cantaban la felicidad del pueblo. Ella comía y lloraba por mí, yo no. Tenía que resistir. Al tercer día me instalé en el escritorio de Jenny, me había hecho espacio en una esquina. Lo mismo al cuarto día. Se trataba de una oficina de planta abierta. Al quinto día la encontré esperándome en la puerta: “Ya no te puedo dejar entrar a la oficina. Imagínate, mis colegas dicen que eres una espía”. “¿Cómo puede ser posible?”, le pregunté. “Tú sabes bien en donde vivimos”, dijo ella. Tomé mis diccionarios y regresé a la escalera. Esta vez yo también lloré. Cuando me acerqué a la fábrica para preguntar por una palabra, los obreros empezaron a pifiarme y a gritar: “¡Securista!”[1] Era un pandemonio. ¿Cuántos espías habría seguramente en la oficina de Jenny y en la fábrica? Los ataques habían sido ordenados desde arriba, las calumnias tenían como objeto conseguir mi renuncia. Al comienzo de esta turbulenta época murió mi padre. Había perdido el control sobre mí misma. Tenía que demostrarme que existía en este mundo. Así empecé a escribir mi vida anterior, de allí nacieron los relatos de En tierras bajas.

Sede de la Seguritate en
Bucarest, Rumania 

Ser acusada de espía por negarme a ser una espía, resultó peor que los intentos de enrolamiento y la amenaza de muerte. Que tuviera que ser difamada justamente por aquellos a los que protegía al negarme a espiarlos. Jenny y un puñado de colegas sabían cuál era el juego que me estaban haciendo. Pero todos los demás, que solo me conocían de vista, no. ¿Cómo podía explicarles qué era lo que realmente sucedía, cómo demostrarles lo contrario? Era totalmente imposible y la Securitate lo sabía, y por eso mismo lo hacía conmigo. Y también sabía que esa perfidia me afectaba más que su extorsión. Hasta a una amenaza de muerte puede acostumbrarse uno. Forma parte de la vida de todos. Uno desafía al miedo hasta las profundidades del alma. Pero con la difamación se le roba a uno el alma. Todo lo que encuentra es un cerco monstruoso.

Cuánto duró ese estado de cosas, ya no lo sé. Me pareció inacabable. Tal vez solo fueron semanas. Finalmente me despidieron.

Sobre todo, esto existen en mi expediente apenas dos palabras, escritas a mano como nota al margen del protocolo de una escucha telefónica en la que cuento en casa años después sobre los intentos de enrolarme. Al margen anota el teniente coronel Padurariu: “Es cierto”.

Llegó el momento del interrogatorio. Las acusaciones: que no trabajo, que vivo de la prostitución y del mercado negro, como un “elemento parasitario”. Se mencionaban nombres que no había escuchado en mi vida. Y de espionaje para el BND [ el Bundesnachrichtendienst, la agencia de inteligencia alemana], porque mantenía amistad con una bibliotecaria del Instituto Goethe y una intérprete de la embajada alemana. Horas enteras de acusaciones inventadas. Pero no solo eso. Sin necesidad de una orden de comparecencia, me pescaron simplemente en la calle. Iba camino de la peluquería y un policía me hizo pasar por una angosta puerta de hojalata al sótano de una residencia de estudiantes. Tres hombres de civil se encontraban sentados frente a una mesa. Uno pequeño, huesudo, era el jefe. Me exigió mi documentación, me dijo: “Ya ves, puta, nos volvemos a ver”. Nunca lo había visto. Me había acostado con ocho estudiantes árabes y me habían pagado con medias y cosméticos. Yo no conocía a un solo estudiante árabe. Al hacérselo saber, el interrogador me dijo: “Si queremos, podemos encontrar 20 árabes como testigos. Lo vas a ver, será un excelente proceso”. Arrojaba una y otra vez mi documento de identidad al suelo, yo tenía que agacharme para recogerlo. Unas 30 a 40 veces. Si retardaba mis movimientos, me pateaba en la espalda. Detrás de la puerta se escuchaba gritar a una mujer. Tortura o violación, ojalá solo sea una grabación, pensaba. Entonces me obligaron a comer ocho huevos duros y cebollas verdes con sal. Engullí todo atragantándome. Luego el huesudo abrió la puerta de lata, arrojó mi carné afuera y me pateó el trasero. Caí de cara sobre la hierba junto a un arbusto. Vomité, sin levantar la cabeza. Sin darme prisa, recogí mi carné y regresé a casa. Era más temible que te pescaran en la calle que recibir una citación. Nadie sabía dónde te podías encontrar. Una podía desaparecer, nunca volver a aparecer o, como en la amenaza, ser recogida como cadáver de un río. Habrían dicho: suicidio.

*23. Juli 2009Quelle: DIE ZEIT, 23.07.2009 Nr. 31. Tr. BITÁCORA DE UN HISPANOHABLANTE EN ALEMANIA 8 de septiembre del 2021 N 1308

** Herta Müller (1953/08/17 - Unknown). Escritora rumana, nació el 17 de agosto de 1953 en Nitchidorf, Timis, Rumania, zona germanohablante. Hija de granjeros, su padre Josef Müller, sirvió durante la II Guerra Mundial en las Waffen-SS y su madre Catarina Müller, fue deportada a la Unión Soviética en 1945 pasando cinco años en un campo de trabajo en Ucrania. Cursó estudios de filología germánica y rumana en la Universidad del Oeste de Timisoara de 1973 a 1976. Trabajó como traductora entre 1977 y 1979 en una empresa de ingeniería de donde fue despedida en 1979 por no cooperar con la Securitatea Statului, policía secreta del régimen comunista rumano. En 1987, Müller se exilia en Alemania junto su marido, el novelista Richard Wagner y realiza trabajos en distintas universidades. El 8 de octubre del 2009 fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura.



[1] Equivalente en Cuba de “Seguroso”  o “Segurosa” .

martes, marzo 01, 2022

LA SECURITATE SIGUE FUNCIONANDO.* I

 

Por Herta Müller.**

Veinte años después de la ejecución de Ceauşescu, su servicio secreto sigue activo, solo que con un nuevo nombre. Se manipulan los archivos antiguos, se continúa con el encubrimiento y la calumnia. La escritora rumano-alemana Herta Müller relata por primera vez sus experiencias con el terror.23. Juli 2009Quelle: DIE ZEIT, 23.07.2009 Nr. 31

Cada viaje a Rumanía significa para mí un viaje a otro tiempo en el que nunca podía saber -siendo mi propia vida- qué era casualidad y qué escenificado. Por eso he reclamado examinar mi expediente en cada una de mis apariciones públicas, algo que siempre me ha sido negado con diversos argumentos. En lugar de ello siempre he encontrado indicios de que soy, o sea, continúo siendo, observada.

La primavera pasada fui a Bucarest invitada por el New Europe College (NEC). El primer día me encontraba sentada en el vestíbulo del hotel con una periodista y un fotógrafo, cuando se apareció un musculoso vigilante preguntando por la autorización correspondiente e intentando arrebatarle la cámara al fotógrafo. “Aquí no se permite ningún tipo de fotografías, tampoco de personas”, bramó.

Herta Muller



La segunda noche me había citado para cenar. Según lo acordado por teléfono, a las seis tenía que llegar un amigo a recogerme del hotel. Al doblar en la calle del hotel, notó que un hombre lo seguía. Al solicitar en la recepción que me llamaran, la recepcionista le dijo que primero tenía que llenar un formulario de visitas, asustándolo porque algo así no había existido ni en los tiempos de Ceauşescu.

El amigo y yo nos dirigimos al restaurante, proponiéndome una y otra vez cambiar de acera. No se me ocurrió pensar nada malo. Recién al día siguiente le contó a Andrei Pleşu, el director del NEC, sobre el formulario de visitas y que un hombre lo había seguido a él al dirigirse al hotel y a nosotros dos caminos al restaurante. Andrei Pleşu se indignó y envió a su secretaria al hotel con el fin de anular las reservaciones hechas. El administrador del hotel arguyó, mintiendo, que se había tratado del primer día de trabajo de la recepcionista y que esta había actuado incorrectamente. Sin embargo, la secretaria conocía a la mujer en su puesto de la recepción desde el año de la pera. Lo que obligó al administrador a confesar que el “patrón”, o sea, el dueño del hotel era un antiguo miembro de la Securitate[1], alguien que lamentablemente no podía cambiar. Luego sonrió, diciendo que la NEC bien podía anular sus reservaciones, pero que en todos los demás hoteles de esa categoría ocurría lo mismo. La diferencia estribaba en que nadie lo sabía.

Abandoné el hotel. Si permanecí vigilada no volví a notarlo. O bien el servicio secreto se replegó o hizo su trabajo profesionalmente, es decir sin que se notara.

Para saber que a las seis de la tarde alguien tenía que empezar mi vigilancia, tenían que haber sido escuchadas mis conversaciones telefónicas.

El servicio secreto de Ceauşescu, la Securitate, no se disolvió, simplemente pasó a llamarse SRI (Servicio Rumano de Información). Este ha heredado, según sus propias informaciones, 40% del personal de la Securitate. El verdadero porcentaje es seguramente mayor. Los del 60% restante ya están jubilados (con una pensión tres veces mayor que la de los demás) o son los nuevos actores de la economía de mercado. Salvo ser diplomático un exespía puede ser hoy de todo en Rumanía.

La apertura de los expedientes del servicio secreto les ha interesado a los intelectuales rumanos tan poco como todas las vidas destruidas a su alrededor, tan poco como el nuevo posicionamiento de los caciques del partido y los agentes secretos. Si alguien exigía como yo todos los años la vista de los expedientes, podía enfadar incluso a los amigos. Por esta razón permanecieron los expedientes, en vez de en poder de la oficina de archivos creada a regañadientes y a exigencia de la Unión Europea en 1999, en el viejo-nuevo servicio secreto. Este controlaba la vista de los expedientes. La oficina tenía que enviarle una solicitud, que era a veces escuchada pero mayormente ignorada, incluso argumentando que el expediente aún continuaba siendo revisado.

En el 2004 visité Bucarest con el fin de insistir con mi pedido. Me quedé asombrada al ver que a la entrada de la oficina se encontraban tres jóvenes damas con medias brillantes color neón y diminutos vestidos de amplio escote, como si se tratara de la entrada a un burdel. Y entre las mujeres se encontraba un soldado con una ametralladora al hombro, como si se tratara de la entrada a un cuartel. El jefe de la oficina se negó a atenderme, a pesar de que había concertado una cita con él.

En la primavera de este año, un grupo de investigadores encontró los expedientes de autores rumano-germanos del “Grupo de Acción Bánato”. La Securitate mantenía una sección para cada una de las minorías. La de los alemanes se llamaba “Alemanes nacionalistas y fascistas”, la sección húngara tenía el nombre de “Irredentos húngaros”, la judía de “Judíos nacionalistas”. Hasta los escritores rumanos tenían el honor de ser observados por la sección “Arte y cultura”.

De pronto, mi expediente fue hallado bajo el nombre “Cristina”. Tres tomos, 914 páginas. Supuestamente abierto el 8 de marzo de 1983, contenía sin embargo documentos de años anteriores. El motivo para la apertura del expediente era “deformaciones tendenciosas de la realidad, especialmente en el mundillo pueblerino” en mi libro Hondonadas. Todo corroborado por análisis del texto realizados por espías. Además, que pertenecía a un “círculo de poetas germanoparlantes, conocido por sus trabajos hostiles”.

Continúa…,



[1] Securitatea Statului, policía secreta del régimen comunista rumano. Equivalente al DSE-G2 en Cuba

jueves, agosto 17, 2017

Recetas para abortar…, en la Rumania comunista de Ceaucescu

Hambre y seda (fragmento)
Herta Müller
“Trabajé en una fábrica de maquinaria pesada. En la oficina, en la mesa de al lado, escuché la siguiente conversación: «Buenos días. ¿Siguen vendiendo bordados hechos a mano? Las medidas son 29 por 2. ¿Y cuánto cuesta? De acuerdo. ¿Cuándo puedo recoger el bordado? Sí, a las diez estaré allí». Era una compañera de la oficina la que decía esto. Tenía un hijo. Tenía veintinueve años y estaba de dos meses… las medidas del bordado. Con quien hablaba era con una mujer que practicaba abortos clandestinos. Costaba cinco mil leí (el sueldo de dos meses). Mi compañera de la oficina dio suerte. El aborto no dio complicaciones. Cuando volvió a quedarse embarazada, seis meses más tarde, se practicó el aborto ella sola con el tubito de plástico de las agujas de hacer punto en redondo. Con el mismo tubito me lo hizo también a mí un año más tarde en el baño de la oficina. Me lo metió en el útero y lo llevé tres días y tres noches. El extremo que quedaba fuera iba pegado al muslo. Durante esos días tenía que llevar falda para garantizar que entraba aire en el útero. En un segundo aborto lo hice todo yo sola. Mi compañera sólo me prestó su tubito de plástico. Con la puerta de la casa cerrada con llave, me senté en el baño por encima del espejo, que había colocado en el suelo. Me metí el tubito en el útero.
Un conocido mío decía: «Cuando mi mujer se queda embarazada no es ningún problema, nos vamos a casa de mi suegra el fin de semana. Con levantar la puerta del sótano veinte veces, listo. Si es que hay que tener recursos». Yo no conocía directamente a su mujer. Me preguntaba si ella era capaz de contarlo con tanta ligereza.
Al igual que los rumores sobre el estado de salud de Ceaucescu circulaban las recetas para abortar:
introducir en el útero jabón de pastilla, molido como si fuera harina
introducir en el útero limón o zumo de limón
introducir en el útero el tubo de plástico de unas agujas de hacer punto en redondo
levantar muebles pesados tan alto, tantas veces y durante todo el tiempo que se aguante
inyectarse dosis excesivas de diversas sustancias dos veces con un intervalo de tres días
tomar una dosis excesiva de las pastillas para el estómago que entraban en el país de contrabando desde la Unión Soviética y se vendían en el mercado negro: durante veinticuatro horas, dos pastillas cada dos horas. La fiebre, los espasmos del estómago y los fuertes vómitos provocaban el aborto. Las pastillas recibían el nombre de «caramelos rusos».

Estas recetas no sólo se transmitían en voz baja. También se aplicaban. Se empezaba con la más inocua y, a medida que aumentaba la desesperación, se pasaba a las más arriesgadas. Día tras día, estos métodos abortivos provocaban la muerte a cientos de mujeres. Todavía no se sabe cuántas mujeres morirían a consecuencia de la ley del aborto rumana. Cuántas morirían solas en sus casas, cuántas en el hospital, bajo la mirada de los especialistas en interrogatorios. No se llevaba ninguna estadística. Al igual que los preservativos y la píldora, también estaban prohibidas las estadísticas. La muerte de estas mujeres se anotaba en las estadísticas oficiales bajo diagnósticos falsos. Los médicos que registraban muchos nacimientos podían contar con gratificaciones y con una carrera floreciente. "