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viernes, enero 03, 2014

En Cuba un enfermo mental que se convierte en Psiquiatra.

La nota es muy interesante. No es posible aplicarle lógica alguna. Un enfermo con problemas psiquiátricos se enclaustra 6 años en un cuarto, esto en el periodo especial, para salir a lucharla y de paso dar consejos a familiares de enfermos que como el requieren de atención psiquiátrica especializada. Por qué se volvía  loca tanta gente en Cuba y con una sospechosa lucidez  contestó  que  “el alto costo de la vida y los caminos sin salidas son la  raíz del problema; aunque se manifiesten  en  un  hombre abandonado por  una  mujer,  o porque desde  Venezuela no escriban”.
Gerardo  es un vecino de Jaimanitas que a primera vista parece una persona normal. Saluda amablemente a  todo el mundo y siempre está al tanto de los enfermos, condoliendo a sus familiares. Se volvió loco en el 93, cuando la economía cubana tocó fondo y con el periodo especial perdió a la familia.
Dice Gerardo  que cuando enloqueció, la solución  que halló fue no salir del cuarto por seis   años, suficientes  para combatir la tempestad de los nervios. Se pertrechó de materiales y construyó su Rincón Marino, laberintos de conchas de mar, caracoles, estrellas, cangrejos y erizos, a barniz, que colman las paredes de su pequeño cuarto, en la calle Tercera C.
Vista del rincón marino - Foto de Frank Correa
Ponerse a trabajar intensamente en algo que de verdad le guste es el primer consejo que da para el que se enferme de los nervios.  Lleva en la sangre el mar, porque  proviene de una familia de pescadores. Sobrevive pintando casas y chapisteando refrigeradores y cocinas.  Los  precios de sus arreglos y su mano de obra de pintor son de locos, por eso la gente lo busca.
Mantenerse ocupado  es  su mejor   consejo.  Tiene un certificado de ingreso para Mazorra, dictaminado por el médico de la familia, pero asegura  que no le hace falta ingresarse, porque está bien de los nervios: ha sabido controlarlos trabajando.
A menudo van personas a su cuarto a buscar consejos. En los veinte minutos que estuve en  su Rincón Marino,  retratando sus obras, recibió   dos visitas. La primera fue  un  ex oficial de tropas especiales acompañado del  hijo, a quien la mujer lo había abandonado  y se volvió  loco completamente.  El joven se  quedó  afuera, recostado de un poste, cabizbajo,  ensimismado.
-Mi miedo –le dijo el padre-  es que en mi familia hay antecedentes de suicidio. Mi padre y mis hermanos terminaron suicidándose,  y ahora mi hijo dice que va a hacer lo mismo. Y si se mata él, entonces tengo que matarme yo.
Gerardo aconsejó de cómo proceder, pero el hombre se fue con la misma confusión mental con que había llegado. Sujetaba  por el brazo al  hijo,   cabizbajo y con los ojos perdidos.
Uno de los pacientes de Gerardo.
Luego llegó otro hombre, vecino del callejón de Jaimanitas, a pedirle consejo, porque su hermana  había enloquecido también.  Su marido estaba de cooperante en Venezuela y hace seis meses que no le envía ni siquiera un mensaje,  y de pronto se quebrantó.  Era  una joven  “integrada” (revolucionaria)  y estaba a punto de perder el trabajo. Habían  utilizado todos los recursos, incluso la brujería, pero nada dio resultados.
-Ha salido dos veces desnuda para la calle. No  vuelve en sí. En la familia tenemos miedo de que nos la ingresen en  Mazorra; ese sí sería el fin.
Gerardo aconsejó al hombre de cómo proceder en ese caso,  pero igual se fue como el otro, sin solución real  a su  conflicto.

Le pregunté su opinión  de por qué se volvía  loca tanta gente en Cuba y con una sospechosa lucidez  contestó  que  “el alto costo de la vida y los caminos sin salidas son la  raíz del problema; aunque se manifiesten  en  un  hombre abandonado por  una  mujer,  o porque desde  Venezuela no escriban”.

martes, agosto 17, 2010

Una Doctora cubana fuera de serie.

Cuando usted lee una nota periodística como la siguiente, de seguro piensa que la doctora cubana ha perdido la razón; puede considerarse que es una de esas doctoras “mal preparadas” por el gobierno, o que poco le interesa el trabajo que realiza. Nada más lejos de la realidad, esta doctora “esta el onda”; todas y cada una de las recomendaciones tienen una lógica sin lugar a dudas. Considerando que tiene que ejercer sin las condiciones mínimas, sin tener ni recetas o medicamentos, hace lo correcto y sobre todo se desempeña con digna prestancia. Sería la envidia del Dr. House; si este estuviera en el policlínico de Jaimanitas… ¡ya veríamos!
Las recetas de la doctora
Por: Frank Correa.*
LA HABANA, Cuba, agosto del 2010 – El pasado lunes, en la policlínica de Jaimanitas, se concentraron los pacientes de los tres consultorios que no abrieron por causas desconocidas. Había una sola Doctora, que andaba como loca porque tampoco tenía recetarios y, para salir del paso, empezó a dar soluciones nada ortodoxas a los pacientes.
A una señora entrada en años que tenía el azúcar en el piso, le recomendó té de manzanilla, con una pizca de azúcar. A otro, hipertenso, le dijo que se fuera a la casa a darse un baño frío y que caminara descalzo por la casa.
Miguelito Melón anduvo desesperado durante una hora en la cola. La resaca de la borrachera del domingo le había sacado a flote sus enfermedades. Vomitó en uno de los cestos de basura de la consulta cuando entró. La doctora le riñó, lo mandó a tomar ron del bueno y no “chispa e’ tren” y le dijo que en la bodega estaban vendiendo yogurt de soya por la libre, que se tomara una bolsa completa de un tirón.
Los Camejo, padre e hijo, entraron juntos como casi todos los días y la atiborraron con sus hipocondrías. Los empleados de la policlínica ya los conocen, y la doctora les dijo que no podían tomar más pastillas para los nervios, que probaran el nuevo tratamiento: leer la Biblia o alguna oración espiritual y tomar mucho tilo. A los Camejo la idea les pareció buena y salieron complacidos.
Un hombre le explicó a la Doctora que su hija de un año llevaba tres días con catarro fuerte que le provocaba fiebres. Le pidió una receta de supositorios de Duralgina, pero la doctora se negó, y le dijo que tenía que llevarle a la niña. El hombre ripostó que el viernes, otra médica le dio la receta, pero en aquel momento no había supositorios en la farmacia.
-Ya llegaron, pero mire, me dijeron que la receta está vencida.
La doctora buscó en el bolsillo de su bata, sacó una receta y mientras la llenaba le confesó que lo hacía porque era para una niña con fiebre.
-Es la última que me queda. Me he pasado la mañana repartiendo recetas a viva voz.
*Periodista independiente cubano. Radica en la Ciudad de la Habana.