La imagen captada por la activista cubana Irma Lidia Broek no es solo un
testimonio visual: es un acto de denuncia moral. Refleja la realidad del
Hospital Clínico Quirúrgico Docente Celia Sánchez Manduley, en Manzanillo, uno
de los centros donde la crisis sanitaria cubana se muestra sin filtros: salas
sin insumos básicos, pacientes críticos atendidos sin agua, familias buscando
en redes sociales lo que el Estado no puede proveer, y un personal médico que
resiste con lo que tiene, no con lo que debería tener .
La salud —esa zona íntima donde se decide la vida y la muerte— será el
lugar donde el patriotismo ciudadano se pondrá a prueba. No en discursos, no en
consignas, sino en la capacidad de reconstruir un sistema que ha sido utilizado
como vitrina política y que hoy se sostiene, apenas, por la dignidad de quienes
aún sirven en él.
Si logramos reconstruir un sistema de salud justo, transparente, moderno y
humano, habremos dado el primer paso hacia una República verdadera. Si
fallamos, si permitimos que la salud se privatice sin control o que se politice
de nuevo, entonces la transición será apenas un espejismo: un cambio de
administradores sin cambio de país.
La salud será, en definitiva, la primera piedra de la Cuba que viene.
Y también puede ser la primera grieta si no actuamos con responsabilidad
histórica.
Estas palabras no son solo un eco del pasado, sino una hoja de ruta para la
Cuba futura. Tras el largo desierto del desgaste y la separación, el destino de
la isla no es la ruina, sino el florecimiento. La reconstrucción del país no
dependerá de milagros, sino de las manos de sus propios hijos —los de adentro y
los de la diáspora—, quienes finalmente asumirán el título más noble que la
historia les tiene reservado: ser los reparadores de sus muros y los
reconstructores de su propio hogar.
La promesa de una Cuba fértil, unida y libre ya camina hacia el horizonte.
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La foto de Irma Lidia Broek es un recordatorio de por qué debemos avanzar.
