lunes, junio 22, 2026

El día después: la salud como prueba moral de la Cuba futura

 Por: Dr. Eloy A. González

En 67 años, el régimen cubano transformó el sistema de salud en su más preciada joya: una herramienta de legitimidad, un medio de control social y una moneda diplomática para mantener acuerdos políticos. La estructura, que hoy está deteriorada, agotada y carece de recursos, se ha transformado en uno de los sectores más vulnerables del Estado fallido que es Cuba. Con los vientos de cambio en Cuba, sorprendentemente, también en uno de los puntos más impresionables donde podría comenzar una verdadera ruptura institucional, si el régimen sucumbe.

Dentro de este contexto, el proyecto 911 Cuba ha sido lanzado por entidades médicas del exilio cubano en Miami; es una iniciativa que tiene como objetivo unir a empresas, clínicas, farmacéuticas y profesionales que estén dispuestos a destinar recursos para la rehabilitación del sistema de salud si se produce un cambio democrático. El plan sugiere un enfoque mixto que mezcle programas sociales con inversión privada, utilizando materiales y recursos provenientes de Estados Unidos. Numerosas entidades han expresado su interés en involucrarse en la rehabilitación de hospitales, la actualización de los equipos y el establecimiento de nuevas instalaciones.[1]

La iniciativa surge en un momento crítico. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), el gasto estatal en salud ha caído más del 30% en la última década, mientras que más del 60% de los hospitales presentan deterioro estructural severo. La escasez de medicamentos supera el 80% del cuadro básico, y el éxodo profesional ha vaciado servicios esenciales: solo en 2023, más de 11 000 trabajadores sanitarios abandonaron el país. La crisis energética —apagones de 10 a 18 horas— ha paralizado quirófanos, bancos de sangre y laboratorios.

Ante esta situación, el exilio busca prepararse para "el día después". Pero antes de preocuparnos por el futuro de Cuba, debimos haber mostrado más solidaridad con nuestros compatriotas que ejercían la misma profesión y con los pacientes que padecen hoy en día la precariedad, en el exilio y en la Isla . No siempre sucedió de esta manera.

Durante mi estancia en Miami, noté que los médicos que llegaban de Cuba eran tratados con distancia. Yo venía del Colegio Médico Independiente de Cuba, donde la solidaridad era una necesidad esencial. No obstante, en Miami hallé hasta tres instituciones —después llegaron más— que se atribuían la representación del gremio de médicos cubanos en el exilio. Cada una reclamaba autoridad, legitimidad y liderazgo. No faltaba la marginación y el desprecio – en medio del protagonismo- donde todo se desvanecía en las disputas internas de un exilio cansado y quejumbroso.


En algunos casos, si de resolución del conflicto que significaba una dictadura prolongada en Cuba se trataba,  y era ostensible la caída del régimen; se percibía una intención velada: llegar primero a Cuba para posicionarse en el futuro mercado de la salud privatizada. Todo esto , lejos de las necesidades de los más vulnerables. Médicos que regresarían del exilio no con la intención de reconstruir, sino para posicionarse de la mejor manera posible. .

Este riesgo no es despreciable. El exilio, tan contradictorio e indispensable, vive hoy una nueva fiebre de "transición", ese término vacío que se puede usar para todo y no define nada. Se discute sobre restauración, acuerdos, liderazgos y planes para el día siguiente. Es un esfuerzo noble, ya que ningún pueblo puede sobrevivir sin imaginar su regreso a la justicia. Pero también existe peligro si la Patria se convierte en botín simbólico, si los nombres se adelantan a las urnas, si la reconstrucción empieza con repartos antes de la libertad.[2]

Hoy en día, el sistema de salud cubano, que a lo largo de la historia ha sido reconocido por su enfoque preventivo, afronta una crisis sin igual. La falta de combustible, los cortes de energía extendidos y la degradación de las infraestructuras han resultado en un colapso funcional. La mortalidad materna y neonatal ha aumentado; enfermedades controladas reaparecen; los hospitales carecen de agua, suturas, anestésicos y antibióticos.

El futuro del sector dependerá de la ruta política que tome el país. En un contexto de transición democrática, se sugieren iniciativas para implementar un modelo mixto que incluya inversión privada regulada en el ámbito de la salud. Asimismo, implica recuperar la infraestructura de los policlínicos y hospitales y, si se puede, poner en marcha un plan de modernización tecnológica lo más pronto posible.

La cooperación a nivel internacional en lo que respecta a salud, la provisión de fármacos y la reincorporación del personal médico exiliado –es decir, el capital humano– que esté dispuesto a regresar y reintegrarse es crucial y urgente. Esta visión sostiene que la infraestructura estatal, aunque esté deteriorada, tiene la posibilidad de recobrarse si se mezcla con autonomía profesional y recursos externos.

Al principio, el enfoque preventivo es fundamental como base para la labor inmediata. Independientemente de las transformaciones políticas que se implementen, el capital humano en la isla —médicos, enfermeros(as)  y técnicos— continúa siendo el recurso más preciado.

Los cambios y reformas que se asuman de manera seria y responsable deben salvaguardar la atención primaria y fortalecer la medicina familiar, con la infraestructura disponibles. Despolitizar la administración sanitaria, asegurar las mejores condiciones laborales posibles y garantizar sueldos dignos, además de facilitar la autonomía profesional.

La despolitización total del sector y la apertura del sistema a la transparencia en términos epidemiológicos son los fundamentos y regulaciones para el sistema de salud de una Cuba futura. El Partido Comunista no tiene la facultad de seguir manteniendo el control sobre las universidades, los hospitales, los centros de investigación y salud, y mucho menos sobre las políticas sanitarias. Es necesario que el sistema se abra de inmediato a la transparencia en términos epidemiológicos, garantizando que el acceso universal a la salud esté asegurado por parte del Estado.

Si la premisa es que toda la población tenga acceso a la salud, se evitaría el riesgo de una privatización inmediata que desembocaría en un desastre social. Por eso, se acepta el modelo mixto regulado de la salud como primer y único paso.

Consolidada la democracia y establecida una estructura de gestión estatal, posiblemente fundamentada en los resultados de elecciones libres y democráticas. Las autoridades sanitarias tienen la posibilidad de asumir las responsabilidades para posibilitar el establecimiento y la puesta en marcha de clínicas privadas que cuenten con normas claras, verificables y controlables.

Establecer instituciones que garanticen dentro o fuera del sistema de salud, la trasparencia necesaria dentro de un marco legal,  la publicación de datos reales, las auditorías independientes y cooperación internacional.

Se les asegurará a los trabajadores de la salud la autonomía y colegiación profesional independiente, se instruirán con las lecciones de libertad en el ejercicio de su profesión y participarán en la reconstrucción del país. La salud no puede ser un botín de las élites, ya sean del exilio o de la isla. Si habrá una invitación para que los exiliados médicos se reintegren como colaboradores.

Conclusión.

La transición en Cuba no puede ser un simple cambio de administradores ni un reparto anticipado de privilegios. La salud —ese espacio donde el régimen construyó su mito y donde hoy se revela su fracaso— será una prueba moral para todos: para los que están dentro, para los que están fuera y para los que regresen. Esta reestructuración del sistema de salud en Cuba debe eludir dos extremos: la privatización salvaje y la continuidad disfrazada. Entre los dos, hay un camino más difícil pero más honorable: un sistema fundamentado en derechos, instituciones y personas.

Ese es el único camino que puede restaurar no solo hospitales, sino también la República que aún no hemos edificado, pero que deseamos volver a construir desde los mismos cimientos con la colaboración de los cubanos decentes, para el beneficio de todos.

El proceso de reconstrucción del sistema sanitario cubano será, sin duda alguna, un espejo que refleje la esencia de quiénes somos y qué nación deseamos construir. No será suficiente con construir hospitales nuevos o invertir millones de dólares. No será suficiente tampoco con que los médicos del exilio vuelvan o con que se establezcan clínicas privadas. La auténtica prueba será otra: si podemos priorizar la dignidad humana sobre el interés económico y el cálculo político.

El régimen dictatorial, a lo largo de décadas, empleó la salud como propaganda, escaparate y herramienta de control. La transición, si ocurre, no puede cometer de nuevo ese pecado original. No podemos dejar que la salud se transforme en el primer botín de la nueva república, ni en un campo de batalla para intereses individuales, ni en una oportunidad de negocio rápido para aquellos que solo ven a Cuba como un mercado virgen.

La salud será el primer lugar donde se podrá determinar si la libertad es verdadera o simplemente un reemplazo de los administradores. Este será, el lugar en el que se evaluará la madurez del exilio, la responsabilidad de los profesionales y la habilidad del país para establecer instituciones; independientes de caudillos, ideologías, partidos o salvadores.

Porque Cuba no necesita otros salvadores, iluminados ni arrogantes dictadores. Cuba necesita ciudadanos. Y la salud —esa zona íntima donde se decide la vida y la muerte— será el lugar donde el patriotismo ciudadano se pondrá a prueba.

Si logramos reconstruir un sistema de salud justo, transparente, moderno y humano; habremos dado el primer paso hacia una República verdadera. Si fallamos, si permitimos que la salud se privatice sin control o que se politice de nuevo, entonces la transición será apenas un espejismo.

La salud será, en definitiva, la primera piedra de la Cuba que viene. Y también puede ser la primera grieta si no actuamos con responsabilidad histórica.

Yo los guiaré constantemente, les daré agua en el calor del desierto, daré fuerzas a su cuerpo, y serán como un jardín bien regado, como una corriente de agua. Reconstruirán las ruinas antiguas, reforzarán los cimientos antiguos, y los llamarán: “Reparadores de muros caídos”, “Reconstructores de casas en ruinas”. (Isaías 58:11-12)

En definitiva, estas palabras no son solo un eco del pasado, sino una hoja de ruta para la Cuba que viene. Tras el largo desierto del desgaste y la separación, el destino de la isla no es la ruina, sino el florecimiento. La reconstrucción del país no dependerá de milagros, sino de las manos de sus propios hijos —los de adentro y los de la diáspora—, quienes finalmente asumirán el título más noble que la historia les tiene reservado: el de ser los verdaderos reparadores de sus muros y los reconstructores de su propio hogar. La promesa de una Cuba fértil, unida y libre ya camina hacia el horizonte.



[1] Cuba Democracia y Vida - Organizaciones médicas del exilio se unen para reconstruir sistema de salud tras un cambio en Cuba. Por Rolando Nápoles. RTV Martí./Video CiberCuba: Julio César Alfonso, presidente de Solidaridad Sin Fronteras, explica la iniciativa “911 Cuba”. (2026). Cubademocraciayvida.org. https://new.cubademocraciayvida.org/article/59247

[2] Zoé Valdés. (2026, June 15). Cuba demorada. El Debate. https://www.eldebate.com/opinion/20260616/cuba-demorada_428989.html

 

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