domingo, abril 29, 2012

Causa una grata impresión las condiciones adecuadas y el trato del personal médico en el Hospital Materno Infantil “Ángel Arturo Aballi “de la capital cubana.

Managua, La Habana, abril del 2012 (PD) El hospital Materno Infantil  "Ángel Arturo Aballí" ( foto abajo a la derecha) , en el municipio Arroyo Naranjo, fue mi destino hace algunos días. Quise visitar a una amiga que había ingresado en ese centro asistencial para tener su bebé.
El alumbramiento se produjo unas horas antes de mi llegada. Mi amiga estaba exhausta y dormitaba junto a la pequeña cunita tapada con un diminuto mosquitero de puntas de encaje azul, que le mandaron sus tíos que viven en Miami.
En aquella habitación había varias mujeres recién paridas que comentaban entre ellas la cantidad de mosquitos que hay en aquel lugar en horas de la noche.
Entonces vi con preocupación que la única cunita que tenía mosquitero era la de mi amiga.
Por fin despertó, y con un gesto de su mano me comunicó todo lo mal que se sentía y al mismo tiempo, con una invitación dulce, señaló hacia la cunita para que contemplara a su retoño, un niño de 8 libras y cuarto muy hermoso y rosadito.
Después del saludo, su primera expresión fue para resaltar el trabajo de los médicos que la atendieron: "Que médicos más buenos, que cariñosos, que preocupados. No tengo como agradecerles todo lo que me ayudaron."
Aquellas palabras salidas del corazón, me trasladaron al momento que llegue al hospital y pregunté a una empleada que cuidaba la puerta de entrada. Quedé medio impactada cuando me dio las buenas tardes y explicó de una forma pausada y agradable donde debía dirigirme.
De pronto el bebé lloró y un familiar que la acompañaba lo destapó y notó que había expulsado un buche de leche y parecía como asfixiado. Rápido lo cargaron y me pidieron que llamara a la enfermera. La encontré sentada en su mesa. Conversaba con una colega. Al verme, interrumpió su charla para atenderme. Le expliqué, y sin dilación, se dirigió al cuarto que le indicaba.
Tomó al niño con mucho cuidado al tiempo que le explicaba a la mamá qué debía hacer en estos casos.
Antes de marcharse, la enfermera recalcó: "Por favor, cualquier problema me avisan enseguida."
Yo estaba tan sorprendida por aquella actitud que busqué la mirada de mi amiga. Ella interpretó mi sentimiento y dijo: "Sí. Aquí todo el mundo es muy cariñoso. Esto es increíble." Y rápido agregó: "Pero, ¡que hambre pasan! Hoy eran las dos de la tarde y no les habían dado el almuerzo a los médicos. Yo le pedí a mi esposo que les comprara tres pepinos de refrescos, (litro y medio de soda cada pomo) y andaban de lo más contentos pues: ¡iban a almorzar con refrescos!"
Pude observar que en el hospital los pisos estaban muy limpios. Mi amiga me pidió que la acompañara al baño. Tuve que descargar uno de los inodoros que estaba sucio con una lata de agua que llené en la pila del vertedero, pues sus tanques no funcionaban. Para mi sorpresa y beneplácito, ¡había agua!
Pero la imagen de limpieza en el baño la empañaba una caja grande destapada, situada en una esquina, llena de papeles y apósitos sucios.
De regreso al cuarto, mi amiga me comentó que la comida de los pacientes era muy buena, que le habían dado pollo y hasta picadillo de res. Y simpática aclara: "Picadillo no de soya, sino del que venden en la shopping (tiendas recaudadoras de divisas)".
Antes de irme, tomé algunas fotos al bebé, para enviarle a los parientes de Miami, que estaban ansiosos por conocer al nuevo integrante de la familia.
"Estoy muy feliz de haberme atendido en este hospital, aquí encontré el apoyo y cariño que necesitaba en estos momentos", afirmó mi amiga.
Por mi parte, al igual que mi amiga, estoy gratamente impresionada. Y recordé aquel afiche que hace muchos años podía verse en hospitales, farmacias y policlínicas mostrando una enfermera de dulce sonrisa y una frase: "Aquí creemos en el valor de una sonrisa." Ojalá que, aunque tarde, comencemos a ser en estos casos nuevamente crédulos.