El debate en torno a la realidad sanitaria de la isla ha sumado recientemente una voz tan necesaria como valiente. Nos referimos a la intervención del neurólogo José Alberto González Cáceres en la prestigiosa revista The Lancet, publicada el pasado 15 de agosto de 2026 bajo el título “Ethics laundering and Cuba’s health myth”. Esta aportación en la sección de correspondencia surge como una respuesta directa y crítica al artículo “Cuba’s health woes deepen”, firmado por el investigador Joe Parkin Daniels, abriendo un espacio ineludible de reflexión sobre la crisis médica que atraviesa el país.
En su misiva, González Cáceres pone sobre la mesa un concepto crucial: el "lavado
ético". Con este término, el autor denuncia cómo sectores de la
academia internacional y observadores externos validan de manera acrítica las
métricas oficiales de un sistema sanitario profundamente colapsado. Según el
especialista, existe una persistente complicidad ideológica y una falta de
rigor metodológico que omite deliberadamente la realidad estructural y el
trasfondo político al analizar las dificultades del modelo de salud cubano.
Para enriquecer este análisis y comprender las dimensiones de esta
controversia internacional, compartimos a continuación la respuesta íntegra de
José Alberto González Cáceres. Invitamos a nuestros lectores a revisar los
detalles de esta discusión académica, disponible en el volumen 408 de The
Lancet (doi.org/10.1016/S0140-6736(26)01287-0), como un ejercicio indispensable
para desmontar mitos y exigir una mirada objetiva sobre la salud en Cuba.
El informe de Joe Parkin Daniels[2]
documenta acertadamente el agravamiento de la crisis sanitaria cubana, pero esa
crisis no debe leerse principalmente a través de la explicación preferida del
régimen: la restricción externa. Me preocupa que la crisis sanitaria de Cuba
siga siendo descrita sin nombrar con igual claridad al poder que produjo la
vulnerabilidad estructural del país, la administró y la convirtió en coartada
política.
El embargo ha servido al régimen, sobre todo, como escudo retórico: una
restricción externa real, pero parcial, inflada hasta convertirse en
explicación total de una ruina cuyo núcleo es interno. La paradoja es
reveladora: cuando la presión externa limita los recursos del régimen, el
régimen se debilita y protesta a través de sus ecos útiles dentro de las
democracias.
El problema de fondo es el blanqueo ético internacional del mito sanitario
cubano, acompañado —especialmente en el caso de Cuba— por una forma de
hemiplejía moral con anosognosia político-ideológica, incluso cuando se expresa
en lenguaje aparentemente científico. Ningún análisis éticamente serio debería
negar que la Cuba posterior a 1959 ha sido gobernada por un orden totalitario
castrista cuyas dimensiones cleptocráticas y kakistocráticas son inseparables
del deterioro de su sistema sanitario.
La atención médica universal y la salud como derecho humano poseen un valor
moral genuino. Pero, sin un sustrato económico real, se convierten en promesas
vacías. La cobertura por sí sola no equivale a atención. Médicos sin
medicamentos, tecnologías diagnósticas, recursos terapéuticos, datos fiables,
infraestructura y continuidad asistencial pueden sostener propaganda, pero no
una medicina digna. La evidencia empírica contemporánea sobre los sistemas de
salud es categórica: la atención de mala calidad puede matar más que la no
utilización de los servicios, y la cobertura universal sin calidad sobrestima
gravemente el desempeño de un sistema.
La sanidad cubana no debe evaluarse mediante propaganda turística,
indicadores aislados, ni comparaciones agregadas sin auditoría independiente.
Cuba ha desarrollado capacidades reales, particularmente en atención primaria y
prevención, pero las ha subordinado a una estructura autoritaria que restringe
la transparencia, segmenta el acceso, asigna recursos según objetivos políticos
y económicos, y exporta profesionales de la salud como fuente de divisas.
Un sistema puede producir algunos resultados sanitarios valiosos y, al
mismo tiempo, ser opaco, desigual, coercitivo, económicamente disfuncional y
moralmente ilegítimo. Ningún indicador favorable convierte a los ciudadanos en
súbditos, ni transforma la medicina en coartada para la dominación política.
Dr. José
Alberto González Cáceres
Sobre el autor:
José Alberto González Cáceres es un médico neurólogo cuya labor clínica y
académica se ha distinguido por un riguroso análisis crítico de la realidad
sociosanitaria y médica. En su misiva publicada en las páginas de The Lancet,
aporta una perspectiva indispensable desde la práctica médica especializada,
confrontando las narrativas oficiales y cuestionando los sesgos metodológicos e
ideológicos que perpetúan mitos sobre el sistema de salud en Cuba.
