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jueves, noviembre 11, 2010

Desamparo gubernamental de enfermos mentales en Cuba.

Por: Miguel Iturria Savón.*
El viernes pasado coincidí en un ómnibus con Nora, una amiga diabética con una niña de 9 años y un hermano esquizofrénico ingresado en un hospital psiquiátrico de La Habana, donde lo atienden bien después de oscilar entre la casa del padre y el manicomio de Mazorra durante casi dos décadas de delirios, pastillas y fantasmas que lo convirtieron en un guiñapo humano.
Al preguntarle a Nora por su evidente inquietud me respondió que la citaron al sanatorio y después de varias preguntas le advirtieron que como su hermano tiene casa propia y cuenta con su apoyo, debe ir pensando en la reinserción de éste al hogar paterno o a la vivienda que ella comparte con su hija y esposo, pues por orientaciones del Ministerio de Salud se reducirán al mínimo los ingresos permanentes en hospitales de dementes y retrasados mentales.
Para ella “el retorno” acrecentará los problemas porque al morir el padre se acentuó la locura del hermano y solo con ayuda de los vecinos lograba ingresarlo en una sala transitoria de Mazorra, de donde le daban el alta tan pronto disminuían las alucinaciones, las cuales retornaban al cabo de uno o dos meses, de manera que ella apenas podía trabajar. Si lo dejaba en su apartamento tenía que visitarlo diariamente y aguantar las descargas de los colindantes. Si lo llevaba consigo ponía en tensión a la niña y el esposo; cuando entraba en crisis tenían que refugiarse en casa de algún vecino mientras el marido gestionaba la ambulancia o tranquilizaba al cuñado.
Nora y su hermano poseen viviendas propias, pero él no puede vivir solo ni acompañado, no hay quien resista los problemas que crea incesantemente. Para ambos la alternativa radica en la institución sanitaria. Existen, sin embargo, casos peores, enfermos sin familiares o con parientes muy pobres, envejecidos o sin vivienda adecuada.
Recuerdo, por ejemplo, el caso de Peter, un esquizofrénico de 53 años con conductas de psicópata, sin padres ni hermanos que asuman sus desvaríos. Fue vagabundo y estuvo a punto de morir en los caminos de un pueblo oriental hasta que un pariente lo ingresó en un manicomio de La Habana, donde mejoró mucho pero lo trasladaron al Hospital de Transito ubicado en Fontanar; allí, entre locos y mendigos, Peter parece un zombi en espera del dictamen de la Comisión de Clasificación, la cual decidirá si lo pone en la calle, lo retorna a su provincia o lo interna en Mazorra.
Los ex pintores Edel Torres y su tío Manolo son otro ejemplo de la importancia decisiva de las instituciones sanitarias para enfermos psiquiátricos. Desde los 17 años Edel oscila entre la casa paterna y el gran manicomio capitalino. Al morir el padre, Manolo se mudó con él pero a los tres años ya no podía enfrentar las crisis frecuentes, el costo de los alimentos y las medicinas y el deterioro habitacional. Una década después de convivencia Manolo es un mendigo y Edel combate con las mismas voces y demonios que lo atormentan.
Nora y su hermano Ernesto, Peter, Edel y Manolo, Alain y decenas de locos y retrasados que crecen como el marabú, constituyen una carga pesada que necesitan de las instituciones y los familiares. No es cuestión de olvidarlos en el hospital ni de retornarlos al “lugar de origen”, del cual no hubieran salido si los acompañara el equilibrio. La solución no radica en despedirlos como a obreros de fábrica obsoletas, si no en brindarles protección social.
*Licenciado en Historia, postgrados en Arte, Literatura, Periodismo y Etnología. Ha publicado varios libros, reside en Cuba y ejerce el periodismo independiente.
Foto corresponde al Blog mencionado en la fuente.

martes, mayo 27, 2008

Los náufragos de la Salud.


Por: Miguel Iturria Savón.*
La Habana, Cuba, mayo 2008.- Osvaldo Hernández, un obrero aquejado por el arco de la soldadura, llegó a la clínica del Vedado Cotorro, al sudeste de La Habana, pensando en un anestésico que aliviara su malestar. Tuvo que hablar fuerte para que la enfermera buscara al médico, quien le comunicó la falta del medicamento y la inutilidad de buscarlo en las farmacias del municipio. “Tal vez te resuelvan en el Hospital La Benéfica o en el Julio Trigo”, le dijo el médico mientras escribía la remisión.
El caso, por reiterado, no sensibiliza a los especialistas de la salud. Ellos atienden, recetan o remiten a los pacientes, pero no son magos. La remodelación de clínicas y hospitales no marcha pareja con el equipamiento técnico, el suministro de medicinas y la presencia de clínicos y enfermeras que vegetan en la pobreza y la desesperanza, por lo cual prefieren prestar servicios en Angola, Bolivia o Venezuela para esquivar las carencias y las consultas de 12 horas, sin almuerzo ni estímulos.
Las autoridades sanitarias quieren, pero no pueden garantizar la atención adecuada. En decenas de clínicas municipales se crearon salas de rehabilitación, cuidados intensivos, fisioterapia, acupuntura, laboratorios de emergencia y departamentos de Rayos X, ultrasonidos y regulación menstrual, proveídos con dispositivos de monitoreo, sueros, suturas y electros. En varias localidades ya no hay que ir al hospital para hacerse un drenaje biliar, examinarse la vista o atender a una gestante.
El problema radica en el mantenimiento a equipos e instalaciones, en el suministro de sus componentes, en las carencias de medicinas y en la movilidad del personal médico y paramédico, pues la exportación de especialistas a varios países por parte del gobierno cubano agrava el síndrome de la emergencia que padece el sector de la salud pública en la isla.
Las dígitos oficiales hablan de 37 mil médicos en “misión humanitaria” en una veintena de naciones que pagan en divisa. Nuestros medios de comunicación reportan diariamente la excelencia de los doctores en Bolivia, Guatemala, Nicaragua, Venezuela y otros estados, sin decir que los servicios externos acaban con la atención sanitaria en Cuba.
Para compensar, se han creado cursos de emergencia para graduar a médicos, enfermeras y técnicos en la mayoría de los municipios del país. Casi 900 auxiliares de enfermería ejercen con salario de enfermeras en Ciudad Habana, previa habilitación de unos meses, según una licenciada que acaba de retirarse y considera esto como un disparate. “Hasta hace poco, las enfermeras nos graduábamos en tres años de estudios y prácticas diversas. Obtener la licenciatura era más difícil”.
Algo similar sucede con la carrera de Medicina. “Ya se puede obtener el título de médico en las policlínicas del país. Las clases son a distancia, por teleconferencias, sin contactos directos con los profesores y casi sin práctica. Los muchachos se gradúan sin cubrir todas las especialidades ni examinar un cadáver”; informa una ginecóloga que dirige la extensión universitaria en un municipio capitalino.
Muchos especialistas piensan que el síndrome de la emergencia médica en Cuba tiene consecuencias impredecibles para la vida de miles de personas. Es tan difícil hacerse una radiografía como ponerse una prótesis dental, o encontrar a un médico que acierte y diagnostique el problema de los pacientes.
Cuando Osvaldo el soldador me habló de su odisea para conseguir un pote de anestésico que aliviara sus ojos, me acordé de las angustias de Pedro Fuente, Edilia García, Magalys Izquierdo y otros vecinos aquejados por el peloteo médico y la falta de medicinas para sus dolencias.
En cuestiones de salud, la emergencia y la improvisación conducen al naufragio.
*Periodista independiente cubano.
Foto: Paciente cubano tomando un descanso en una facilidad médica en Pinar del Rio, Cuba