jueves, febrero 19, 2026

Isótopos en la sombra: El asesinato por inducción

 Análisis del "tratamiento búlgaro" y del método para eliminar a adversarios políticos sin dejar rastro.

Introducción:

Hace algunos años, a propósito de la muerte de Sebastián Arcos, Carlos Alberto Montaner publicó un artículo titulado El tratamiento búlgaro, sobre la posible utilización de isótopos radioactivos para asesinar a disidentes cubanos. No era una especulación infundada: tiempo atrás, el autor había conocido en Madrid a un desertor de los servicios cubanos de inteligencia que había recibido en Bulgaria un adiestramiento especial para utilizar ese método de asesinato. La muerte en Londres de Alexander Litvinenko, víctima, precisamente, de isótopos radioactivos (Polonio 210) presuntamente inoculados por el espionaje ruso, vuelve a poner sobre el tapete la hipótesis planteada en aquella columna que ahora se reproduce.[1]

Sebastián Arcos Bergnes, opositor cubano de renombre, murió el 22 de diciembre de 1997 en Miami, Florida, a los 65 años. En el momento en que le detectaron la enfermedad, yo trabajaba como especialista de Oncología en el Hospital Julio Trigo, ubicado en La Habana, y pertenecía al Colegio Médico Independiente de Cuba. En circunstancias muy excepcionales, un experto en Proctología realizó el diagnóstico y me llegó a la consulta mediante un informe anatomo-patológico, de forma muy polémica. Estaba enterado de quién se trataba y creí que había un propósito malvado en esto.  Este corroboró que el diagnóstico era un adenocarcinoma en el colon-sigmoides. Tuve la oportunidad de conocer al doctor Ventura, quien trabajaba en Miami y era el representante en el extranjero del Colegio Médico Independiente de Cuba, del que formaba parte, mientras estaba ya en el exilio. El doctor Ventura brindó atención médica al reconocido opositor cuando su enfermedad estaba en su fase terminal. Certifico lo que he escrito antes con esta breve nota de presentación y con la comunicación personal que incluyo aquí: Eloy A. González, M.D.



El Tratamiento Búlgaro

Por Carlos Alberto Montaner

Anhelaba con ansias el parto de su nuera. Después de todo, sería su primer nieto y no quería morir sin verle la cara. No pudo ser. El destino es casi siempre mezquino. A los 65 años, se perdió el nacimiento del niño por apenas unas semanas. Tras una larguísima agonía —tres años de sufrimientos indecibles— Sebastián Arcos, uno de los héroes de la resistencia cubana contra la tiranía, antiguo combatiente contra Batista y contra Castro, expreso político, exprofesor universitario y fundador —junto a su hermano Gustavo y Ricardo Bofill— del Comité Pro Derechos Humanos, murió rodeado de sus hijos, de su fiel esposa, la admirable María Juana, y de unos pocos amigos que hizo en las celdas durante su infortunio. Era un hombre bueno y recio, recto como una flecha, de esos que no conocen la deslealtad ni el engaño.

Pero no voy a escribir un panegírico a mi amigo Sebastián, cuya muerte siento como un latigazo. Más bien, me aventuraré con una hipótesis terrible: es muy probable que los captores de Sebastián Arcos le provocaran el cáncer en la prisión cubana donde cumplía condena por rebelión política. Sus carceleros solían jactarse de ello. Le advirtieron a Leonel Morejón Almagro: "Te vamos a poner en la celda que ocupó Sebastián, para que te dé cáncer como a él". Lo cierto es que, cuando Sebastián se quejaba de dolor de espalda y era llevado al médico de la prisión, el diagnóstico era, cínicamente, benigno: "No es nada. Solo son vértebras o músculos fatigados".

Al final, cuando le permitieron marchar al exilio, la metástasis era implacable y el gobierno lo sabía. Por eso autorizaron su expatriación. No querían otro "mártir" en una prisión cubana, y mucho menos uno de su dimensión internacional. Tras su llegada a Miami, a los médicos les tomó apenas media hora alcanzar el diagnóstico correcto. Las posibilidades de curación eran nulas. A lo sumo, los doctores solo pudieron alargar su vida y reducir el dolor con una piadosa combinación de morfina y nervios seccionados. ¿Exagero? ¿Es este artículo solo otro ejemplo de exilium tremens? Lean lo siguiente con sumo cuidado.

Hace diecinueve años, un joven biólogo cubano —llamémosle David— "desertó" en el aeropuerto de Barajas. Viajaba de Bulgaria a Cuba, con escala en Madrid. Fue tan hábil que no solo escapó de los guardias del Servicio de Seguridad cubano que lo acompañaban en el avión, sino que se escabulló del aeropuerto sin ser detectado por las autoridades españolas. Al día siguiente, se entregó a la policía y contó su historia. Esa misma tarde, me la repitió a mí, con detalles espeluznantes.

Venía de Sofía, donde la siniestra policía política de Zhivkov le había dado entrenamiento especial sobre cómo inducir el cáncer en adversarios destinados a la eliminación por medios que no levantaran sospechas. Lo llamaba el tratamiento búlgaro. "La forma más sencilla", me dijo, "es colocar un isótopo radiactivo en la silla favorita del objetivo —ya hablaba en la jerga del Servicio de Seguridad— o en una chaqueta que use con frecuencia, en su colchón o en el asiento del coche. Después de unos meses, es muy probable que se inicie un proceso canceroso en su mediastino".

Un "isótopo radiactivo" no es un elemento extraño. Casi todos los grandes hospitales los utilizan, paradójicamente, para combatir ciertas formas de cáncer. Son pequeños filamentos metálicos que se ocultan fácilmente. "Lo ideal es colocarlo y luego, a los seis meses, retirarlo para que no queden huellas del crimen". "¿Ya lo has puesto en práctica?", recuerdo haberle preguntado, bastante alarmado. "No, pero pensaba hacerlo en cuanto llegara a Cuba, si no lograba desertar". "¿Con algún disidente?", pregunté con nerviosismo.

"No", dijo con una seriedad absolutamente convincente. "Pensaba probarlo con mi suegra, una odiosa mujer hispano-rusa que destrozó mi matrimonio". Afortunadamente, David conoció a una maravillosa chica española, se casó con ella y ahora vive en Estados Unidos, lejos de la innoble "profesión" que aprendió de los búlgaros.

Más información. En Cuba existen dos laboratorios de alta seguridad y supersecretos en el distrito de Siboney, ambos con cámaras de descontaminación. Están situados en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, que produce aflatoxina —otra sustancia fuertemente cancerígena que ataca los pulmones— y una variedad de armas químicas y tóxicas similares a las que aparentemente escondía Saddam Hussein, buen amigo de Castro, con quien compartía tanto el odio hacia los "gringos" como al médico personal, el Dr. Álvarez Cambras, eminente ortopedista.

¿Para qué esas armas? Para enfrentar al "imperialismo yanqui" en caso de conflicto militar. Se dice que las armas químicas y biológicas son las bombas atómicas de los pobres. Algunas plagas ya han sido probadas por los medios menos riesgosos, utilizando como método de transmisión a las aves migratorias que vuelan entre Cuba y Florida en épocas específicas del año. Los experimentos —codirigidos por un ornitólogo cubano especialista en aves de presa, hoy exiliado— se realizaron con ácaros relativamente inofensivos, pero el propósito era verificar la eficacia del medio de transporte. Si el método resultaba eficaz, los patos podrían utilizarse más tarde para transportar virus y bacterias mucho más letales.

Castro es un enemigo peligroso que se guía solo por su instinto de supervivencia y no duda en ordenar el asesinato de un adversario si considera que esa persona es un riesgo potencial para la estabilidad de su régimen. Ordenó la muerte por fusilamiento del comandante Aldo Vera, antiguo compañero de armas, en una calle de Puerto Rico, y de José Elías de la Torriente en Miami.

Es probable que ordenara la muerte por inducción de cáncer —una técnica más sutil— contra Manuel Artime Buesa, su archienemigo de los años 60, que murió a los 38 años con los pulmones inexplicablemente devastados. Y contra Rafael García Navarro, activo militante anticastrista, hombre de gran poder económico, socio y amigo de Rafael Díaz-Balart, excuñado de Castro y la persona más odiada por el dictador cubano, quien murió a los 41 años con los mismos síntomas. E incluso contra Jorge Mas Canosa, quien —a los 53 años y tras una vida sana y sin cigarrillos— descubrió que solo le quedaban cinco años de vida, una sentencia de muerte fríamente exacta.

Algún día, tal vez, todas las piezas del rompecabezas encajen. O quizá todo se convierta en un rumor que se desvanecerá con el tiempo. Lamentablemente, los crímenes de Estado suelen ser "perfectos". Me hubiera gustado escribir un sentido obituario de Sebastián, pero sé que el mejor homenaje es contar lo que sabemos y lo que intuimos. Sebastián era un hombre bueno, íntegro y recio. Así vivió. Por eso supo morir. [Firmas Press]

Nota del Editor y Llamado a la Información 

Si usted posee testimonios, datos clínicos o evidencia documental sobre muertes sospechosas en Cuba que puedan estar vinculadas a la inducción de patologías, ya sea mediante el uso de isótopos radiactivos o el empleo de agentes biológicos y gérmenes letales, le instamos a compartir su información de manera confidencial.

El estudio de estos métodos es crucial para documentar la historia de la represión científica en la isla. Puede enviar sus informes o relatos al correo electrónico del editor del Blog de Medicina Cubana.

Créditos:

Autor original: Carlos Alberto Montaner (El Nuevo Herald, 1997/2006).

Traducción al español: Inteligencia Artificial Gemini (Google), 2026.

Recopilación y textos de la introducción del editor del Blog de Medicina Cubana

19 de febrero de 2026


[1] Montaner, C. A. (1997). The Bulgarian Treatment [Review of The Bulgarian Treatment]. El Nuevo Herald. http://www.futurodecuba.org/bulgarian_treatment__carlos_albe.htm .Hay una versión en inglés que se hace la traducción en tanto que el articulo aparece en español en otra y en el diario El tiempo [https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-713735]

 

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