martes, noviembre 26, 2013

Un artículo sobre la vida improvisada y la cotidianidad en las misiones medicas internacionalistas.

Con el título: Margarita no quiere ir a Brasil aparece en el sitio web de temas cubanos, Havana Times,  un artículo de Irina Echarry, sobre la historia de un médico cubana que cumplió una mansión internacionalista en Venezuela, y aunque no lo dice, infiere que esta médico no quiere ir a Brasil por la misma razón. El título es algo manido porque si cumplió una misión en Venezuela puede ocurrir que no tenga que cumplir una segunda misión, vaya usted a ver. El punto es que el artículo muestra el lado más humano de las misiones internacionalistas cubanas, la realidad de una vida improvisada durante los dos años que dura la misión  las vivencias cotidianas y relaciones que se establecen entre los cooperantes  médicos en este tiempo. Les dejo el artículo…, me parece interesante.
Irina Echarry
Margarita siempre quiso ser doctora, estaba dispuesta a realizar su labor en cualquier rincón del mundo, incluso en el hospital Calixto García, donde trabaja desde hace varios años. “Es como un familiar que uno ve deteriorarse lenta y progresivamente”, me dice cuando le pregunto por las malas condiciones del hospital.
Con poco tiempo de graduada se fue a Venezuela a cumplir misión; era la oportunidad de conocer otras costumbres, otros paisajes, otras personas.
Y sí, aprendió mucho, sobre todo pudo tratar enfermedades que aquí no había visto; dio apoyo a familias afectadas por las guerras de pandillas; incluso asistió un parto. Pero lo que Margarita recuerda con más dolor es la convivencia con los otros médicos cubanos.
Vivía en una casa con cuatro doctores más —con una edad promedio de 45 años—, profesionales reconocidos y probados en su trabajo.
Como ella era la única mujer, desde el principio se dio por sentado que atendería la cocina. Margarita, acostumbrada a alimentar a su hermana menor desde la muerte de la madre, se hizo cargo sin chistar. Así fue pasando el tiempo entre reuniones, actos patrióticos, consultas y cursos de perfeccionamiento en cualquier cosa.
Margarita se sentía extenuada, no tenía anemia ni siquiera creía estar enferma, pero el cansancio no la abandonaba. Se puso a pensar, a buscar algún indicio que le explicara el motivo de su constante agotamiento y lo encontró.
Resulta que Margarita no solo cocinaba, sino que también limpiaba la casa, organizaba, fregaba, cargaba el agua cuando hacía falta… y además compraba la comida. Eso último fue lo que la hizo reaccionar, enseguida convocó a una reunión con los demás inquilinos.
No todos asistieron, tenían asuntos más urgentes como comprar su botellita para el fin de semana o “pescar” alguna venezolana que los hiciera olvidar la terrible separación familiar. Los dos que se reunieron con ella estuvieron de acuerdo —después de sugerir que eran caprichos de mujer o más bien histeria femenina— en abonar una parte del salario para las compras colectivas.
Claro que eso no duró mucho, por un motivo u otro Margarita siguió pagando el alimento de todos durante unas semanas más…hasta que se cansó. Convocó otra reunión y sólo asistió uno  — ¿quién aguanta tantos caprichos?—.
El único que decía entenderla aunque tampoco daba dinero le habló de la soledad y sus consecuencias, intentó convencerla de que él podría protegerla de los otros, ayudarla, solo necesitaba saber si ella quería aliviarle el dolor de la distancia.
Inmediatamente, Margarita pidió cambio de casa, y como no lo consiguió tomó la decisión de no cocinar más. Dejó de limpiar y le importaba poco si la casa estaba regada o no, solo la habitación donde dormía merecía su atención y, a veces, el baño.
Margarita estuvo cuatro años compartiendo su vida con esos abnegados profesionales de la salud. Una experiencia inolvidable —me dice— que no quiero repetir.
Las noticias nos cuentan con orgullo que la mitad de los colaboradores de la salud son mujeres, y algunos artículos hablan de la solidaridad, del deber cumplido o de su desempeño en la vida profesional. ¿Y la otra parte quién la cuenta?
La gran mayoría de las colaboradoras sigue sufriendo los estereotipos de género, sus coterráneos arrastran los prejuicios machistas hasta lejanos confines y ellas, los secundan. Las que se resisten, sufren el doble. Por eso ahora Margarita no quiere ir a Brasil.