sábado, junio 15, 2013

PADRE, PAPÁ, PAPI...

Como para cambiar un poco, poder reírnos y pensar un poco en vísperas del Día de los Padres, aquí les dejo este artículo humorístico que recibí por correo electrónico . Aprovecho para desearles un feliz día de los Padres….,
PADRE, PAPÁ, PAPI...
Por Daniel Samper Pizano.
Hasta hace cosa de un siglo, los hijos acataban el cuarto mandamiento como si no fuera dictamen de Dios sino reglamento de la Federación de Fútbol. Imperaban normas estrictas de educación: nadie se sentaba a la mesa antes que el padre; nadie hablaba sin permiso del padre; nadie se levantaba si el padre no se había levantado; nadie repetía almuerzo, porque el padre solía dar buena cuenta de las bandejas: para algo era el padre...
La madre ha constituido siempre el eje sentimental de la casa, pero el padre era la autoridad suprema. Cuando el padre miraba fijamente a la hija, esta abandonaba al novio, volvía a vestir falda larga y se metía a monja. A una orden suya, los hijos varones cortaban leña, alzaban bultos o se hacían matar en la guerra.
- Padre: ¿quiere usted que cargue las piedras en el carro y le dé de beber al buey? ¡Qué figura era el padre!
Todo empezó a cambiar hace unas siete décadas, cuando el padre dejó de ser el padre y se convirtió en el papá.
El mero sustantivo era una derrota. Padre es palabra sólida, rocosa; papá es apelativo para oso de felpa o perro faldero. Demasiada confiancita. Además -segunda derrota- "papá" es una invitación al infame tuteo. Con el uso de "papá" el hijo se sintió autorizado para protestar, cosa que nunca había ocurrido cuando el padre era el padre:
- ¡Pero, papá, me parece el colmo que no me prestes el auto...!
A diferencia del padre, el papá era tolerante. Permitía al hijo que fumara en su presencia, en vez de arrancarle de una bofetada el cigarrillo y media jeta, como hacía el padre en circunstancias parecidas. Los hijos empezaron a llevar amigos a casa y a organizar bailoteos y tomaderas, mientras papá y mamá se desvelaban y comentaban:
- Bueno, tranquiliza saber que están tomándose unos traguitos en casa y no en quién-sabe-dónde.
El papá marcó un acercamiento generacional muy importante,  algo que el padre desaconsejaba por completo.
Los hijos empezaron a comer en la  sala mirando el televisor,  mientras papá y mamá lo hacían solos en la  mesa. Y a usar el teléfono sin permiso, y a sustraer billetes de la  cartera de papá, y a usar sus mejores camisas. La hija, a salir con  pretendientes sin chaperón y a exigirle al papá que no pusiera mala  cara al insoportable novio y en vez de "señor González", como habría  hecho con el padre, lo llamara "Tato"...
Papá seguía siendo la autoridad de la casa, pero bastante maltrecha.
Nada comparable a la figura de prócer del padre. Era, en fin, un tipo querido, de lavar y planchar, a quien acudir en busca de consejo o plata prestada.
Y entonces vino papi.
Papi es invento reciente, de los últimos 20 o 30 años. Descendiente menguado y raquítico de padre y de papá, ya ni siquiera se le consulta o se le solicita, sino que se le notifica.
- Papi, me llevo el auto, dame para la gasolina...
A papi lo sacan de todo. Le ordenan que se vaya a cine con mami cuando  los niños tienen fiesta y que entren en silencio por la puerta de  atrás. Tiene prohibido preguntar a la nena quién es ese tipo despeinado que desayuna descalzo y en calzoncillos en la cocina.   
A papi le quitan todo: la tarjeta de crédito, la ropa, el turno para ducharse, la  afeitadora  eléctrica, la computadora, las llaves... Lo tutean, pero siempre en plan de regaño:
- Tú sí eres fula, ¿eh papi?
- ¡Papi, no me vuelvas a llamar "niña" delante de Juanca...
Aquel respeto que inspiraba padre, con papá se transformó en confiancita y se ha vuelto franco abuso con papi:
- Oye, papi, me estás acabando el whisky, marica...
No sé qué seguirá de papi hacia abajo. Supongo que la esclavitud o el destierro. Yo estoy aterrado porque, después de haber sido nieto de padre, hijo de papá y papi de hijos, mis nietas han empezado a llamarme "bebé".

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