lunes, julio 14, 2008

Desventuras de un paciente en un Departamento de Fisioterapia en Cuba.

El error de Juanito.
Por: Lucas Garve.*
Juanito vive de acuerdo a las reglas de la sociedad cubana. Él lo cree así. Miembro del CDR, coopera con todo. Hace las guardias nocturnas, vigila, recoge latas desechadas para la recuperación de materias primas, se levanta temprano los domingos para arreglar los jardines, asiste a todas las reuniones de la cuadra y de la circunscripción.
Jubilado hace años, afirma que de la televisión solamente ve el noticiero, por las mañanas lee el periódico. Ni va a un cine y nunca ha entrado en un teatro en sus setenta y pico de años. Pero desde hace un mes, un dolor en la cintura lo obliga a renquear a cada paso. La doctora de la familia le recetó unas pastillas, más el dolor continuó. Por eso prefirió acudir al especialista. Este último, lo remitió al fisioterapeuta para darse un ciclo de ejercicios.
Muy contento fue al flamante Departamento de Fisioterapia de su Policlínica. Una sección nueva construida hace un año. Antes de entrar, desde la calle, había podido ver los relucientes aparatos y los pacientes en espera de su turno, sentados en el portal en cómodos asientos. Él está satisfecho con la Revolución por estas obras.
Entró y dio el papel de remisión a la encargada de los turnos. Ella le indicó que se sentara a esperar el suyo. Cercano a la euforia como estaba por los avances revolucionarios, en realidad que no reparó mucho en el pedido de la joven. Eran las 8 y 40 a.m. Entonces, comenzó a resbalarse el tiempo. Mientras, se entretuvo en leer los carteles con consignas que ornaban las paredes, en contar los asientos, hablar con una vecina, mirarse la punta de los pies, echarle un ojo a la muchacha que daba los turnos, porque ya había visto a tres personas que llegaron mucho después de él que pasaron al interior sin detenerse. Pero no lo llamaban.
Minutos después de la primera hora de espera, Juanito fue ante a la recepcionista y le preguntó por su turno. Ella le dijo que todavía no pasaría aún debido a la ausencia de la enfermera que operaba el aparato de ultrasonido. En caso de que no apareciera la enfermera, otra cubriría los turnos, cuando terminara con los propios. Siguió a la espera y a las 11a.m., se levantó incómodo y volvió a preguntar por su turno y le respondieron lo mismo. Regresó al asiento de la sala de espera. Sin embargo, ya no le interesaba releer las consignas de las paredes. Ocurrió que entró una conocida de él, quien lo saludó y comentó, de paso, que venía por lo del ultrasonido. La recién llegada dio un paquetico a la recepcionista y enfiló hacia dentro por el pasillo. Al rato, salió y ni se despidió de él.
A las 11 y 40, pensó que ya llevaba tres horas de espera y le molestaba la dureza del asiento. Fue a indagar de nuevo lo de su turno y ahora la respuesta fue que ya estaban al llamarlo, porque habían comenzado a pasar los turnos de ultrasonido. Él pensó que si era el primero… En un instante, pasaron frente a él, todo el vaivén y el entra y sale de gentes de esa mañana, y se vio sentado allí en una interminable espera.
Resultó que decidió echar un discurso en contra de las irresponsabilidades y el mal trabajo en la atención a los pacientes y lo único que logró fue que la empleada le llamara la atención por
levantar la voz. Si tenía una queja, a escribirla y depositarla en el buzón de Quejas y Sugerencias. Juanito buscó el recipiente, más no lo vio. De todas formas, tampoco tenía un papel. Pidió ver al responsable del departamento y la misma joven contestó que el compañero estaba reunido con la empleada del ultrasonido.
El viejo cederista pensó que iba a explotar y se le trabaron las palabras. ¡Y le habían dicho que la enfermera del ultrasonido no había venido al trabajo! Claro que sí, solamente que luego de llegar, el responsable la llamó para reunirse con ella y todavía estaban reunidos, ripostó ya enojada la joven y agregó que si él estaba molesto que fuera a donde quisiera a protestar porque ella no tenía la culpa.
A esa hora, con el estómago en reclamo de algo sólido, optó por marcharse y venir otro día. Ya vería cómo le iba la próxima vez. Salió del salón como un toro al ruedo.
Encontró en la parada del ómnibus con la vecina que hacía rato vio entrar y salir y vertió su decepción en sus oídos. El único consuelo de la vecina fue decirle que la próxima vez llevara una merienda para la recepcionista y otra para la del ultrasonido, así saldría rápido. ¡A las fieras las doman con comida!
*Periodista independiente cubano. Fundación por la Libertad de Expresión. La Habana, Cuba 2008-07-13.